La divertida época de los papas porno

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Juicio al cadáver del papa Formoso

La divertida época de los papas porno. Cesare Baronius, cardenal de la Santa Iglesia en el siglo XVI, denominó pornocracia o gobierno de las putas, a un período del siglo X en que varias aristócratas romanas tuvieron un papel determinante en el papado. En realidad, este clérigo no dispuso de los conocimientos históricos que tenemos actualmente, y creyó lo que habían dejado dicho, tiempo atrás, una serie de propagandistas afines al emperador germánico. Especialmente el monje Luitprando de Cremona, erigido en fustigador de los papas porno. No por afán moral o reformador, sino para que su señor, el rey, pudiera deponer al papa y poner en su lugar a uno que le fuera más afín.

La pornocracia es un período medieval, y el acontecimiento con que comienza no puede ser más revelador de aquella época oscura. Acababan de desenterrar al papa Formoso, colocando su cadáver en una sala de juicio para juzgarle. La momia permanecía en pie en el estrado, tal como la embalsamaron, con los tres dedos de la bendición papal levantados. Presidiendo el tribunal, la máxima autoridad civil de la ciudad, la duquesa Algetrudis. Es ella quien ha elevado al trono de San Pedro a Esteban VI. Este papa pregunta una y otra vez al cadáver de Formoso, y un aterrorizado sacerdote, al lado del muerto, responde, temblando, por él. Finalmente, es encontrado culpable. Esteban le corta los tres dedos de la bendición al cadáver, y los entrega como símbolo a Algetrudis, envueltos en un paño de terciopelo rojo. Después Formoso es desnudado y arrojado al Tíber.

Esteban había sido elevado por Algetrudis al trono papal. Sustituía a otro pontífice también elevado por ella, Bonifacio VI, que traía consigo un largo historial de pederastia, amantes y la expulsión de su diócesis por vago. Rebelde ante el deseo de dominarle de la duquesa, se reveló contra ella, por lo que fue envenenado. Esteban, una vez hecho el juicio al cadáver, no corrió mejor suerte. Fue encerrado primero en una mazmorra y estrangulado, más tarde, para que el siguiente amante de Algetrudis, Romando, fuera papa. Apenas duró cuatro meses antes de dar paso al siguiente, Teodoro II, también novio de la duquesa.

Cuando el hijo de Algetrudis llegó a la mayoría de edad, su madre le dejó a cargo del ducado. Pero no duró mucho, muriendo al caer de un caballo. La situación en Roma se volvió convulsa. Los papas apenas permanecían en el cargo. Desconocemos la causa de la muerte de la mayoría de ellos, salvo la de Cristóbal, que fue estrangulado. Una nueva duquesa, Teodora, acabaría alzándose con el poder civil, y a partir de ese momento, elevaría a papa a su amante Sergio. Con el paso de los años, se quejaría de que la duquesa había envejecido, y ella le ofrecería a su hija, Marozia, para tenerlo contento. Juntos tendrían un hijo que llegaría a papa, Juan XI.

Pero ¿sucedió todo así? Lo cierto es que no. Sergio tuvo un hijo, que llegó a pontífice como Juan XI. Pero su madre no fue Marozia. Posiblemente ni ella ni Algetrudis tuvieron por amantes a los papas, y todo tenga origen en la propaganda del monje Luitprando de Cremona. Servía a su rey, germánico, y atribuía invariablemente a las duquesas los mismos vicios. Tanto se repetía, que cuando a oídos de los romanos llegó su denuncia de que el papa Landón se acostaba con Marozia, se partieron de risa. ¡Pero si Landón era abiertamente homosexual! Para decirlo suavemente, a aquellos papas no les preocupaba mucho comportarse como tales.

Y Marozia, igual que Teodora o Algetrudis, fue una mujer excepcional en aquella Edad Media gobernada por hombres. Fue capaz de gobernar la ciudad y ser nombrada senadora. Pero una mujer en el poder era una idea que superaba a los germánicos y, cómo no, al monje Luitprando. Sin embargo, fue ella y su genio lo que permitió al papado, por primera vez, conducirse con independencia. Libre de la influencia de los reyes europeos, se dedicarían, eso sí, a cosas muy mundanas. Juan X se revistió con su cota de malla, espuelas, espada y demás armas, y partió a la cabeza de los ejércitos italianos. Su habilidad militar fue tal que logró expulsar a los musulmanes de la península italiana, después de sesenta años de ocupación. Ebrio por su triunfo, hizo matar al marido de Marozia y le enseñó a la duquesa su cadáver, para que sometiera el poder de la ciudad a su mando. La duquesa, que era de armas tomar, se casó con un nuevo duque, que no sólo encerraría a Juan X en las mazmorras de Sant Angelo, sino que bajaría a ellas para estrangularlo con sus propias manos.

Luitprando bramaba al ver, otra vez, a Marozia con el poder civil de la ciudad de Roma. A todos los papas posteriores a Juan X los acusa de ser amantes de Marozia. La duquesa los envenena, dice, cuando pierden su vigor sexual. Y cuando es su supuesto hijo quien llega a papa, Sergio III, se acuesta con él.

El verdadero hijo de Marozi era Alberico, que ya tenía ganas de apartar a su madre del poder, para ocuparlo él. Para conseguirlo la encarcelaría. Empezó entonces un período de paz y estabilidad papal que hizo las delicias del mismo Luitprando. Todo estaba bien hasta que Alberico murió, dejando como voluntad testamentaria que se hiciese papa a su hijo Octaviano. Ascendió al trono con el nombre de Juan XII y su fama es la cumbre de los papas porno. Organizó un prostíbulo en la residencia papal para agasajar a sus invitados, tuvo un harén propio, asaltaba junto a sus cardenales a las peregrinas que iban a Roma para divertirse, y organizaba espectáculos en que las mujeres eran penetradas por animales. Al menos, esto es lo que cuenta Luitprando en sus crónicas. Y si tales excesos no eran sino propaganda de un monje delirante, lo cierto es que a Juan XII, el papel de papa le importaba más bien poco. Se negaba a dar misas y una vez ordenó sacerdote a un joven mozo en las cuadras, sólo porque le caía bien. Su final estuvo a la altura de su figura. Un esposo celoso entró en la habitación en donde le estaba poniendo los cuernos con su mujer y a base de martillazos en el cráneo puso fin a la pornocracia. Deo gratias.   © MARTÍN SACRISTÁN TORDESILLAS, autor del libro SU SANTIDAD PECADORA. SI TE HA GUSTADO ESTE ARTÍCULO, CONOCE MUCHAS MÁS ANÉCDOTAS Y CURIOSIDADES SORPRENDENTES SOBRE LA HISTORIA DEL PAPADO EN SU LIBRO “SU SANTIDAD PECADORA. SECRETOS DE LOS PAPAS DE ROMA