Tuberculosis, la enfermedad glamurosa

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El nacimiento de Venus de Botticelli. Detalle

Tuberculosis, la enfermedad glamurosa. Es la primavera de 1912 y por el paseo del Mirón, ese hermoso y ventilado espacio que corona la ciudad de Soria, Antonio Machado empuja un carrito con ruedas en el que descansa su esposa Leonor. El tibio sol soriano calienta la tapia de la ermita donde Antonio deja sentada a su esposa. Mientras, con la excusa de alejarse para disfrutar un instante del paisaje, llora el poeta la muerte que se avecina. El aire puro envuelto en aroma de sierra y monte era el único remedio que por entonces existía para tratar aquella enfermedad, que en forma de esputo sanguinolento mostraba su rostro e iniciaba una cruel e implacable cuenta atrás. La tuberculosis, a pesar de las vistas y los aires del Mirón, terminó con la vida de Leonor Izquierdo el día 1 de agosto de 1912, cuando acababa de cumplir 18 años.

La tuberculosis, tisis o peste blanca ha sido un enfermedad especial, rodeada de un halo de tristeza, de poesía, de dolor y también de hermosura. El aspecto frágil, lánguido, febril y pálido de los enfermos de tisis fue considerado un patrón de belleza en algunos momentos de la historia, como el que abarca el Romanticismo. Desde finales del siglo XVIII y hasta mediados del XIX, precisamente cuando diezmó al veinticinco por ciento de la población europea, se puso de moda, entre algunas mujeres sanas, una dieta a base de agua y vinagre para forzar anemias que procuraran ese aspecto enfermizo tan deseado. No es de extrañar, por descabellado que parezca, porque en nuestros días la delgadez extrema también se considera -afortunadamente cada vez menos- un signo de belleza femenina. En el Romanticismo, la imagen de la tuberculosis es la de una enfermedad de moda. Los jóvenes pasean por los salones su extrema sensibilidad, su melancolía y su hastío. Esta profunda tristeza es la base de buena parte de la creación literaria de la época: Chateaubriand, Georges Sand, De Musset. La muerte y el suicidio son vistos como una liberación. El ideal de belleza corresponde a una naturaleza enfermiza en la que destaca la palidez y la expresión de sufrimiento en el rostro. Buena prueba de ello son las heroínas de óperas como La Bohème o La Traviata. Pero aún podemos retroceder más en el tiempo. El pintor florentino Alessandro di Mariano di Vanni Filipepi, más conocido como Sandro Botticelli, se sirvió de una tuberculosa en 1484 para crear su obra más popular, El Nacimiento de Venus. Esa mujer, “la Venus de Botticelli”, que surge del nácar, no es otra que Simonetta Vespucci, una hermosa joven que murió aquejada por la enfermedad a los 22 años. Aparece etérea y pálida en algunas de las más importantes obras del maestro, como la ya mencionada o en La Primavera. De esta belleza renacentista es de la que toman buena nota los románticos europeos, y es precisamente su encanto, estética y lirismo el que pretenden imitar.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, la elevada tasa de mortalidad hizo que la enfermedad dejara de ser tan “glamurosa”. El hacinamiento en las fábricas y las malas condiciones de higiene en las ciudades determinaron el aumento del contagio y de las víctimas. Todo lo que tocaba el enfermo era considerado contaminado, peligroso y repudiable. Las toses eran siempre sospechosas y, lo que es peor, se creía que determinados estados de ánimo o personalidades con tendencia a la depresión eran propensas a la tisis.

El propio Franz Kafka, que murió en 1924 afectado por la tuberculosis, cuando fue diagnosticado de la enfermedad en 1917, escribió a Max Brod con gran sentido de culpabilidad por su tendencia melancólica y depresiva: “La enfermedad habla de mí porque así se lo he pedido”

El primer sanatorio europeo se construyó en 1854 en Göbersdorf, Silesia -entonces Imperio Austro Húngaro-. Posteriormente proliferarían, durante la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX, por muchas zonas de montaña de toda Europa, incluyendo las de la geografía española. Junto a estos centros se creó una red de dispensarios antituberculosos, donde se proporcionaba a los enfermos información sobre el modo de lavar la ropa, desinfectar las escupideras o la forma de airear las habitaciones y barrer sin levantar polvo.

A mediados del siglo XX aún no había curación para la tuberculosis. Ni la tuberculina de Koch, ni las sulfamidas, ni siquiera la penicilina eran capaces de derrotar al terco enemigo. En 1946, la aplicación de estreptomicina mejoró sensiblemente la salud de los pacientes. Desaparecían los esputos, las pruebas radiológicas demostraban importantes avances, pero esta sustancia generaba graves problemas auditivos y la aparición de gérmenes resistentes. En 1955 se comienza a aplicar la isoniacida y más tarde el itambutol y la rifampicina.

En la actualidad, el bacilo de Koch, como se denominó a la bacteria en honor a su descubridor, sigue causando la muerte, especialmente en África y Asia. Y en países como Rusia, China o India han surgido cepas resistentes a todos los fármacos conocidos. En el año 2013, ya en pleno siglo XXI, según la Organización Mundial de la Salud, 9 millones de personas contrajeron la enfermedad, el 50% en Asia y el 25 % en África. La bacteria sigue sin ser derrotada. ©ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO/Extracto del libro EL GENERAL QUE SE ALIÓ CON LAS ARAÑAS. TORMENTAS, VOLCANES, PANDEMIAS Y OTROS FENÓMENOS NATURALES QUE CAMBIARON LA HISTORIA