Breve retrato de Napoleón

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Napoleón Bonaparte

Breve retrato de Napoleón. El semblante de Napoleón es conocido de todo el mundo, así por las descripciones que de él se han hecho, como por la multitud de sus retratos que se hallan en todas partes. Tenía el cabello castaño oscuro, y el modo de llevarlo daba bien a entender que ponía en su peinado muy poco esmero. Su cara se aproximaba más a cuadrada que la del común de los hombres; sus ojos eran pardos, o más bien grises, pero llenos de expresión; los párpados bastante grandes y las cejas poco pobladas. Su nariz y su boca eran bien formadas y el labio superior algo recogido y corto. Su dentadura no era hermosa, pero al hablar apenas la descubría. En su sonrisa se notaba cierta dulzura nada común, y algunos añaden que era irresistible. El color bazo, sin el menor viso de carmín; la frente y toda la parte superior del rostro, indicaban la firmeza de su carácter e infundían respeto.

En general, la expresión dominante de sus facciones era de una cierta gravedad que rayaba en melancolía, pero sin la más leve muestra de severidad ni de aspereza. Después de muerto, adquirió su semblante un aspecto tan noble y tranquilo, que causó por su belleza la admiración de cuantos pudieron verle. Tal era la presencia de Napoleón; su carácter personal, considerado en su vida privada, era sumamente apacible a excepción de un solo caso; a saber, cuando recibía o imaginaba haber recibido algún ultraje. Entonces, y más si el ultraje recaía sobre su persona, se mostraba arrebatado y vengativo. A pesar de esto era fácil de aplacar, incluso por sus enemigos, siempre que se humillaran y sometieran a su voluntad. Pero nunca tuvo aquella especie de generosidad que sabe respetar la constancia de un valiente y noble adversario. Por otra parte, ninguno recompensaba con mayor liberalidad los servicios de sus amigos. Era buen esposo, buen pariente, y siempre que no mediase alguna poderosa razón de estado, excelente hermano.

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Los últimos momentos en la vida de Napoleón. Sus reflexiones, su lucha con la enfermedad y su testamento.

El general Gourgaud, cuyo dictamen no siempre es favorable a Napoleón, dice que era el mejor de los amos; que aprovechaba cuantas ocasiones se ofrecían de hacer mercedes a sus criados, encareciendo las buenas cualidades que tenían y atribuyéndoles a veces las que no tenían en realidad. Había en su carácter cierta dulzura que tocaba en cordialidad, notándose en él una viva conmoción cuando recorría a caballo los campos de batalla, que su ambición dejaba poblados de muertos y moribundos; y no solamente deseaba socorrer a éstos, dando al efecto órdenes que no siempre se observaban, sino que se advertía en él a las claras aquella vehemente simpatía que se llama sensibilidad. Solía referir él mismo cierta anécdota, la cual manifiesta que su alma no era inaccesible a los sentimientos de compasión y ternura. Al tiempo que atravesaba en compañía de algunos de sus generales un campo de batalla en la guerra de Lombardía, vio un perro tendido sobre el cuerpo de su amo. Así que los descubrió aquel pobre animal, se adelantó corriendo hacia ellos, y después se volvió junto al cadáver, como pidiendo socorro.

“—Bien sea, —dice el emperador—, la disposición particular en que entonces me hallase, bien sea que influyesen en mí el lugar, la hora, el tiempo, o el acto por sí sólo, o, en fin, alguna otra causa desconocida, lo cierto es que ningún incidente de ninguna otra batalla ha causado en mí una impresión semejante. Detúveme involuntariamente a contemplar aquel espectáculo, diciendo entre mí, aunque este hombre tendría tal vez amigos, yace aquí abandonado de todos menos de su perro. ¡Quién llegará a comprender lo que es el hombre!. ¡Quién nos revelará el misterio de sus impresiones!. ¡Cuántas batallas había dado sin la menor conmoción, y tan importantes que la suerte de mi ejército dependía de ellas!.¡Cuántas veces había visto con ojos serenos ejecutar movimientos que forzosamente producirían la pérdida de muchos de nosotros! y, sin embargo, en esta ocasión me sentí enternecido por la aflicción y los aullidos de un perro. Es indudable que en aquel punto las súplicas de cualquier enemigo hubieran sido en mí de grande eficacia, y entonces llegué a concebir mejor que nunca la situación del ánimo de Aquiles, cuando movido de las lágrimas de Príamo, le mandó entregar el cuerpo de Héctor, su hijo”.

Esta anécdota demuestra que el alma de Napoleón era capaz de sentimientos de humanidad; pero que sabía dominarlos por los rígidos preceptos del entusiasmo militar. Solía decir en su lenguaje expresivo que el corazón de un político debía estar en la cabeza, sí bien alguna vez reconoció en sí mismo, con harta sorpresa suya, que ocupaba lugar muy diferente. © (EXTRACTO DEL LIBRO LOS ÚLTIMOS DÍAS DE NAPOLEÓN. WALTER SCOTT. GUADARRAMISTAS EDITORIAL)