De pastelero a rey de Portugal, un impostor a la española

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El rey, don Sebastián de Portugal

De pastelero a rey de Portugal, un impostor a la española. El 11 de junio de 1577 falleció el rey Juan III de Portugal. Le sucedió Sebastián I, que se convirtió en un joven y brioso guerrero con ganas de combatir. Una circunstancia vino a fijar de un modo perenne su designio. Había sido Muley Mahomet, rey de Fez y de Marruecos, despojado de su trono por su tío Abd el Molik, conocido por Muley Moluc o Maluko. El destronado rey imploró el auxilio de don Sebastián, prometiéndole  grandes posesiones en África. Don Sebastián acogió su proyecto y quiso hacer entrar en él al rey Felipe II, su tío, quien predijo a su desgraciado sobrino el resultado de la empresa, pero éste, resuelto a llevarla a cabo, se embarcó en ella y pereció en la batalla a los 25 años de edad.

Entre los cristianos que lograron sobrevivir llegó un grupo a la ciudad de Arcila, cuyas puertas estaban cerradas. Al no querer abrirles y ante el peligro que corrían, uno de ellos mencionó que les acompañaba el rey don Sebastián. Solo así consiguieron que se abrieran las puertas de la villa y comenzó a difundirse el bulo de que el rey de Portugal seguía vivo.

Pero la verdadera muerte del rey Sebastián precipitó, tras una serie de acontecimientos, la guerra entre los candidatos al trono: Felipe II y el Prior de Crato, Antonio de Portugal. Una vez tomada Lisboa, Felipe II fue proclamado rey de Portugal el 12 de septiembre de 1580 con el nombre de Felipe I de Portugal. Pero, el agustino Fray  Miguel de los Santos, portugués, mantenía fija en su cabeza la idea de devolver el trono a don Antonio de Portugal. Vivía en Madrigal -Ávila-, bajo la atenta supervisión del  poder de  Felipe II.

Un día, Fray Miguel pasó por delante de la tienda de pastelería de Gabriel de Espinosa, en Madrigal. Se quedó parado y sorprendido al verlo. Le preguntó el pastelero qué era lo que tanto le llamaba en él la atención, y si podía en algo complacerle. El fraile agustino le expresó que su mirada, sus maneras, el eco de su voz, todo le recordaba y le hacía ver que tenía en su presencia a don Sebastián. Le convenció para hacerse pasar por el fallecido rey, pero necesitaba otro personaje más para urdir su trama, doña Ana de Austria, una señora joven, sencilla, que sin vocación alguna para el claustro en donde la había sepultado la política de su tío Felipe II. La cándida y sencilla doña Ana era una mina inapreciable que podía explotar el religioso para sus proyectos. Hizo que ambos se conocieran, y ella quedó prendada de su rey pastelero. Por su parte, al pastelero rey se le abría un mundo de posibilidades. De momento, recibió dinero y joyas de la incauta.

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LOS PRISIONEROS DE FELIPE II

Pero las farsas suelen terminar mal. El pastelero viajó a Valladolid, gastó parte de su dinero y contrató los servicios de una prostituta a la que enseñó las joyas que llevaba. Ésta sospechó y se presentó en casa de un alcalde del crimen de aquella chancillería, don Rodrigo Santillán. La mujer le dio parte de que existía en Valladolid un hombre que había estado en su casa, que llevaba ricas alhajas, y que a pesar de que le había hecho varias confidencias, no quiso decirle la posada en que moraba.

El asunto se destapó, Felipe II intervino y,  uno tras otro, todos fueron declarando la verdad, aunque fray Miguel necesitó de tormento para reconocer que todo había sido tramado por él. El pastelero Gabriel Espinosa fue ejecutado, Fray Miguel, después de ser despojado de su condición eclesiástica fue ahorcado, y la pobre doña Ana recluida en un convento más apartado y triste que aquel en donde rumiaba su pena cuando se le presentó la ocasión de casarse con un rey.  © Del libro LOS PRISIONEROS DE FELIPE II. Conoce más detalles de esta increíble historia y otras, igual o más sorprendentes, en este libro de José Muñoz Maldonado