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Cloro, gases y otras sustancias para matar más y mejor

Mustard gas burns Cloro, gases y otras sustancias para matar más y mejor

Soldado afectado por el uso de gas mostaza

Cloro, gases y otras sustancias para matar más y mejor. La Primera Guerra Mundial y, en concreto, Ypres, al noroeste de Bélgica, casi en la frontera con Francia, fue el escenario de todos los horrores que un conflicto bélico podía deparar. Ya hemos hablado de la terrible guerra de trincheras y de los padecimientos que en los soldados producía el pie de trinchera, como consecuencia de la permanente humedad a la que sus extremidades se veían sometidas. Pero por si la naturaleza y las balas no habían hecho suficiente daño, una nueva y dramática experiencia se estaba cociendo en las mentes guerreras de los contendientes.

El 22 de abril de 1915 fue la fecha elegida. Los ingenieros alemanes llevaban ya unos cuantos días agujereando el suelo, introduciendo en el mismo una especie de cilindros metálicos conectados a unas bombonas que apuntaban a las trincheras enemigas. Un total de 5.730 cilindros con sus correspondientes bombonas esperaban el momento adecuado. A las cinco de la tarde el viento soplaba en dirección a las trincheras aliadas. Era el momento de abrir las espitas y liberar su contenido. Casi 170 toneladas de cloro se desplazaban impulsadas por el viento en forma de una densa nube hacia las posiciones enemigas. La primera bocanada la reciben los soldados de la División Argelina 45 y de la División territorial 87 del ejército francés.

Los resultados fueron “extraordinarios” para los alemanes. Se calcula que 5.000 hombres murieron por la inhalación del gas tóxico y otros 10.000 fueron afectados. Unos 4 o 5 kilómetros de frente quedaron a disposición de los germanos, que como es lógico, tenían sus reticencias a avanzar por donde sus gases acababan de actuar. El 24 de abril, dos días después, el ejército alemán vuelve a repetir la maniobra, ahora contra la segunda brigada canadiense, pero el factor sorpresa ya no funciona. Las víctimas del anterior ataque habían comprobado que el gas producido al liberar cloro se neutralizaba tapando la cara con un pañuelo mojado en agua. Los canadienses van más allá y lo hacen con uno mojado en sus propios orines, técnica que creían más eficaz. A partir de entonces, los soldados aliados procuraban llevar siempre a mano un pañuelo convenientemente orinado para proteger sus vías respiratorias, por si el cloro les sorprendía.

En la Gran Guerra se produjo una paulatina escalada en el uso de gases. Los franceses comenzaron, en el otoño de 1914, a emplear cartuchos con etil bromoacetato, un gas irritante, contra los alemanes. La respuesta alemana fue el cloro de Ypres. Poco después, los mismos franceses replicaron con fosgeno -oxicloruro de carbono- combinado con cloro. Y los alemanes, que no iban a quedarse atrás, correspondieron con otro “interesante” compuesto de fosgeno y gas mostaza, este último a base de azufre con un olor característico entre ajo y mostaza. El fosgeno mezclado con gas mostaza fue el más mortífero de los productos utilizados durante la Primera Guerra Mundial. El fosgeno quemaba los tejidos hasta alcanzar el hueso.

Por fortuna, la lewisita, producto de la investigación del estadounidense Winford Lee Lewis, o “rocío de la muerte” como también se llamó al invento, no llegó a emplearse.  La guerra terminó cuando los primeros proyectiles ya habían llegado a los campos de batalla.

La lewisita era otro gas vesicante, es decir, capaz de producir graves quemaduras por inhalación y por contacto, incluso a través de la ropa y el caucho, por lo que hubiera hecho inútiles los no muy avanzados medios de protección de que disponían los soldados de comienzos del siglo XX. Ademas, su absorción a través de la piel ocasionaba irreparables daños hepáticos. En esa espiral de retorcidos planes se contemplaba mezclarlo con gas mostaza, lo cual hubiera hecho aumentar la ya dolorosa cifra de más de 500.000 damnificados y 100.000 muertos que se calcula que el uso de gases tóxicos provocó en la Gran Guerra.

Precisamente, estas cifras y los horribles padecimientos sufridos por los afectados llevaron a la firma del Protocolo de Ginebra en 1925 que prohibía el empleo de estas sustancias pero, paradójicamente, admitía que se siguieran produciendo. Ni Japón ni Estados Unidos se adhirieron, aunque el país norteamericano lo haría en 1947. Una norma que, de hecho, era papel mojado, como el anterior Acuerdo de 1899 que firmaron con el mismo compromiso los mismos países que luego intervinieron en la Primera Guerra Mundial y usaron gases a discreción, y que obligaba a “abstenerse en el uso de proyectiles cuyo único propósito fuere la difusión de gases asfixiantes o nocivos”.

Dados los antecedentes, no iba a faltar una nueva ocasión en la que volver a utilizar el gas. Y así fue. Ahora el turno le tocaba a España. En la Guerra del Rif (1921-1927) los españoles, que habían sufrido el asedio de Monte Arruit con la derrota conocida como Desastre de Annual, fueron los primeros en emplear gases lanzándolos desde el aire. El objetivo eran los hombres del resistente  Abd-el-Krim, el cual denunció ante la comunidad internacional la agresión. La iperita y el fosgeno se compraron inicialmente a Francia y Alemania, y posteriormente se fabricaron en la Fábrica Nacional de La Marañosa, situada en las proximidades de Madrid. La idea de lanzar los gases desde el aire no resultó del todo exitosa. Las variaciones de los vientos causaron daños no solamente en las tropas rifeñas, también en muchos soldados españoles.

En el contexto de la Segunda Guerra Mundial, mención aparte merecen los japoneses. Muy belicosos y no demasiado escrupulosos, si no les tembló el pulso para hacer lo que hicieron en Pearl Harbor contra Estados Unidos, podemos imaginar el trato dispensado a los chinos. Contra estos usaron todo el arsenal disponible, -fosgeno, iperita y lewisita-. Además crearon en suelo de la China ocupada el famoso Escuadrón 731, donde se ensayó con todo tipo de armas químicas y bacteriológicas, incluyendo prácticas quirúrgicas en seres humanos, que si damos crédito a todo lo que sobre ellas se ha contado, sitúan a los nazis en el escalafón de inocentes principiantes.

Y si el uso de químicos es antiguo, no lo es menos la utilización de agentes biológicos. En la Edad Media, durante el sitio de la ciudad factoría genovesa de Caffa (Ucrania), el ejercito tártaro, que había sufrido una epidemia de peste,  antes de abandonar su asedio, catapultó cadáveres al interior de la ciudad defendida por resistentes genoveses. Los genoveses, de retorno a su república, introdujeron en Europa la enfermedad.

La viruela, la más mortífera de las enfermedades de la historia de la humanidad por el número de víctimas y por los muchos años que ha permanecido castigando al ser humano, fue utilizada como arma por las tropas inglesas en la guerra contra los franceses y amerindios (1754-1767), ocasionando una epidemia entre las tribus indias del valle del río Ohio.

La peste, la viruela, el cólera y el carbunco o antrax han estado siempre presentes como posible medio de ataque en las inquietas mentes guerreras. Su mayor problema, a la vez que gran ventaja para la humanidad, es que los microbios no saben distinguir los colores de los uniformes ni las graduaciones militares. De tal modo que resulta muy difícil controlar que la enfermedad no se vuelva contra quien la ocasiona. ©ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO/Extracto del libro EL GENERAL QUE SE ALIÓ CON LAS ARAÑAS. TORMENTAS, VOLCANES, PANDEMIAS Y OTROS FENÓMENOS NATURALES QUE CAMBIARON LA HISTORIA

Trafalgar, la tormenta perfecta

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La batalla de Trafalgar por William Clarkson Stanfield

Trafalgar, la tormenta perfecta. En 1805 la monarquía española de Carlos IV estaba comprometida, en virtud de los tratados de San Ildefonso y Aranjuez, a prestar ayuda financiera y militar a Napoleón. Una alianza con Francia y la victoria sobre los ingleses podía suponer quitarse de en medio a un enemigo difícil que hostigaba continuamente a la flota española en sus travesías a América y, de paso, recuperar Gibraltar. A estas alturas el lector ya habrá podido concluir que las cosas no fueron nada bien, porque Gibraltar, a día de hoy, sigue sin ser español.

Por entonces, los ambiciosos planes de Napoleón pretendían, nada más y nada menos, que invadir Inglaterra atravesando el canal de La Mancha. Para ello tenía que alejar del canal a la temible flota inglesa y así dejar expedito, a sus 200.000 hombres, el cruce de esa manga de agua que como un foso separaba a franceses y británicos. Para llevar a cabo su plan requirió la colaboración de la  Armada Española. El gobierno de Godoy envió a Cádiz al teniente general Federico Gravina y Nápoli a cargo de la flota española, para ponerse a las órdenes del vicealmirante francés Pierre Charles Silvestre de Villeneuve que conduciría las operaciones conjuntas.

Para alejar a los ingleses del canal de La Mancha, Napoleón ordenó a la flota hispano-francesa dirigirse hacia las posesiones británicas en el Caribe. A Horatio Nelson, el afamado almirante inglés, le faltó tiempo para salir detrás de la escuadra combinada, pero no llegó a interceptarla. Por el contrario, los navíos españoles y franceses, en su labor de despiste, dieron la vuelta con dirección al canal de La Mancha, pero al llegar a las costas de Finisterre, el almirante británico Robert Calder salió a su encuentro, frenando el avance hacia el canal y causando importantes bajas y daños. Era el día 22 de julio de 1805. Villeneuve debió entrar en pánico porque desoyendo a Napoleón, que mandó continuar hasta las costas francesas, decidió refugiarse en el puerto de La Coruña para reparar las naves y zarpar de nuevo hacia Cádiz. El plan de Napoleón había salido mal.

Sin embargo, como todo lo que va mal es susceptible de empeorar, Villeneuve volvió a desobedecer al emperador que, dados los acontecimientos, había decidido cambiar de estrategia. Esta vez le ordenó dirigirse a bloquear Nápoles en el Mediterráneo, mientras enviaba un sustituto al encuentro del vicealmirante díscolo, al que no tenía mucha simpatía.  

Gravina es todo genio y decisión en el combate. Si Villeneuve hubiera tenido esas cualidades, el combate de Finisterre hubiese sido una victoria completa, dijo el emperador.

Villeneuve no tiene la suficiente fuerza de carácter para comandar ni una fragata. Le falta determinación y no tiene coraje moral. Otra de las “perlas”  de Napoleón dedicada a su vicealmirante.

Y por lo que parece, el almirante francés caído en desgracia tras la derrota de Finisterre, pasó del pánico al colapso definitivo, porque decidió quedarse en Cádiz sin decidirse a zarpar. Cuando finalmente recapacitó y decidió emprender la singladura, los barómetros reflejaban que una borrasca se acercaba. Mientras, los navíos ingleses esperaban frente a las costas gaditanas. Gravina, marinero de gran talla, se lo advirtió, según nos cuenta Benito Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales:

¿No ven ustedes que el barómetro anuncia mal tiempo?, ¿no ven ustedes cómo baja?. Entonces Villeneuve dijo secamente: Lo que baja aquí es el valor.Al oír este insulto, Gravina se levantó lleno de ira y exclamó: “¡A la mar mañana mismo!.

Y así les fue. Orgullos genitales no han sido nunca buenos consejeros, o tal vez Gravina hizo caso a la recomendación de servilismo que antes de partir a Cadiz le dio Godoy:

Trague todo lo que haga falta

Cuando Villeneuve se encontró con los ingleses, mandó virar hacia el noreste, quizá para refugiarse en Cádiz y aprovechar las defensas costeras. El resultado fue un desbarajuste en la formación de  la flota que aprovechó Nelson para apresar y atacar a la armada conjunta. Pero, una vez más, lo que ya iba mal, empeoró. La borrasca anunciada por Gravina terminó con las pocas naves supervivientes a la artillería británica. Todo ocurrió en Trafalgar, a pocas millas de las costas de la localidad gaditana de Barbate, el día 21 de octubre de 1805. Era el golpe definitivo para la Armada Española, que hasta entonces estaba capacitada para defender a duras penas los intereses españoles, pero no preparada para una batalla de tanta enjundia contra una potencia del nivel de Gran Bretaña. La Armada Española estaba en el s. XIX, empobrecida y desprestigiada. Muchos de los participantes en la Batalla de Trafalgar eran marineros valientes pero no profesionales, reclutados entre aquellos jóvenes que no habían sufrido las fiebres amarillas, que por aquellos tiempos habían asolado Cádiz.

España perdió en Trafalgar el prestigio que le quedaba gracias a Nelson, a un almirante francés que dudaba de las órdenes que recibía y a una borrasca. Se quedó sin recuperar Gibraltar y para mayor escarnio, consiguió que en el mismo centro de Londres hicieran una plaza con fuente “Trafalgar square”. Tampoco contribuyó a mejorar las cosas la política posterior española, que desatendió y abandonó a la Armada provocando una lenta e implacable decadencia, todo lo contrario que Francia, que volvió a rearmarse, o que Gran Bretaña, que se convirtió en gran dominadora de los mares. Por su parte, a Napoleón no le vino mal la carambola, ya que sus 200.000 soldados, los que no pudieron cruzar el canal de La Mancha partieron hacia Austerlitz, donde derrotaron a las fuerzas rusas y austriacas, consolidando el dominio imperial francés en el continente. Sin el apoyo de esos hombres preparados a priori para invadir Inglaterra, lo más probable es que no lo hubieran conseguido.

La tempestad que terminó con buena parte de la diezmada doble flota, incluyendo los barcos apresados por los británicos -solo llegaron a Gibraltar tres o cuatro de los dieciocho capturados-, debió comenzar entre la noche del 21 y el mediodía del 22 de octubre, según se desprende de las notas que hicieron los ingleses, y duró, con más o menos intensidad, una semana.

El capitán de la fragata inglesa Henry Blackwood escribía a su esposa el día 23 de octubre: había soplado como si fuera un huracán.

Henry Walker, un guardamarina del Bellerophon, escribía a su madre: Durante la noche del 21 llegó una tempestad que nunca habíamos visto antes, y durante los cuatro días siguientes luchamos contra los elementos, mucho más duros que el enemigo.

En cuanto a las víctimas de los contendientes, siguiendo las cifras oficiales, España tuvo 1.022 muertos, Francia 2.218 y los británicos 449.

Y ¿qué fue aquella tremenda tempestad?. Según los meteorólogos actuales,  hay varias hipótesis basadas en diferentes suposiciones de las condiciones meteorológicas de aquellas fechas. Pero para la mayoría se trataría de eso que ahora denominamos “ciclogénesis explosiva”, una potente y excepecional borrasca, formada en el Atlántico, que se dirigió hacia la Península dejando vientos muy fuertes y lluvias abundantes. De haberse desarrollado antes, quizá la batalla no se hubiera producido, porque los navíos británicos hubieran tenido que dispersarse. En cualquier caso, la situación económica y política española no pintaba nada bien entonces. Tal vez la suerte ya estaba echada y en nada hubiera cambiado la historia. ©ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO/Extracto del libro EL GENERAL QUE SE ALIÓ CON LAS ARAÑAS. TORMENTAS, VOLCANES, PANDEMIAS Y OTROS FENÓMENOS NATURALES QUE CAMBIARON LA HISTORIA

La peste según Ovidio

Ovidio 256x300 La peste según Ovidio

Ovidio

La peste según Ovidio. La segunda gran pandemia de peste negra que asoló Europa en el siglo XIV se ha considerado uno de los mayores desastres de la humanidad. Algunos cálculos estiman que murió el 60 por ciento de la población del continente. Antes, a mediados del siglo VI, la primera pandemia, la de Justiniano, se extendió por las rutas comerciales, provocando la muerte de la mitad de la población del Imperio Romano.

Pero la enfermedad, en la que ratas y pulgas son protagonistas, ya había hecho estragos en tiempos más remotos. En el mundo clásico, Ovidio, Homero, Virgilio, Dionisio de Halicarnaso o Tito Livio describieron los efectos de la peste. Especialmente aterrador, a la vez que lírico, es el relato del poeta Ovidio (43 a.C. – 17 d.C.) a propósito de la epidemia de la isla griega de Egina:

“…se abrasan primero la entrañas, y de la llama oculta es síntoma el eritema y la respiración jadeante; áspera por el ardor, se hincha la lengua; reseca por el cálido aliento, cuelga la boca abierta y las boqueadas capturan un aire pesado. No pueden soportar lecho ni ropa alguna, sino que colocan sus huesudos pechos sobre la tierra, y el cuerpo no se enfría con el suelo, más bien el suelo se calienta con el cuerpo. Y no hay quien ataje el mal, el terrible azote se desata entre los propios médicos, y su ciencia daña a quienes la ejercitan. Cuanto más cerca y con mayor dedicación atiende al enfermo, más pronto llega a compartir la muerte, y cuando se ha desvanecido la esperanza de sanar y ven en la muerte el fin de la enfermedad, se abandonan a sus instintos y no se preocupan de lo que pueda ser útil, pues nada es útil… Se les podía ver vagando medio muertos por las calles, mientras podían tenerse en pie; a otros llorar, tendidos en la tierra, y extraviar sus cansados ojos en el supremo esfuerzo; alargan sus brazos hacia las estrellas del cielo que sobre ellos se ciernen, y expiran aquí y allá, donde la muerte les sorprende. Los cuerpos sin vida no son conducidos como de costumbre en cortejos fúnebres, pues las puertas de la ciudad no admiten tantos cortejos: yacen insepultos por tierra o son arrojados sin exequias sobre gigantescas piras. Y ya no hay respeto; pelean por las piras y arden los suyos en fuego ajeno”. OVIDIO. Las Metamorfosis Libro VII©ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO/Extracto del libro EL GENERAL QUE SE ALIÓ CON LAS ARAÑAS. TORMENTAS, VOLCANES, PANDEMIAS Y OTROS FENÓMENOS NATURALES QUE CAMBIARON LA HISTORIA

El curare que mató a Juan de la Cosa

Juan de la cosa copia El curare que mató a Juan de la Cosa

Juan de la Cosa

El curare que mató a Juan de la Cosa. Marinero experimentado, cartógrafo, geógrafo de Colón y propietario de la carabela Santa María, con la que se inició la aventura española en el nuevo mundo, Juan de la Cosa era todo eso, además de uno de los marineros que más viajes realizó a las tierras azarosamente descubiertas.

Dicen que nació en Santoña (Cantabria) hacia el año 1460. No hay muchos datos de su vida hasta unos años antes de su viaje con Colón, con el que parece que no se llevaba demasiado bien. El almirante le culpó del hundimiento de la Santa María en la Nochebuena de 1492, en las costas de la actual Haití.

Bartolomé de las Casas narra cómo se produjo el accidente y cómo Juan de la Cosa abandonó el barco sin seguir las instrucciones del propio Colón. La acusación, en todo caso, estaría basada en supuestas anotaciones efectuadas por el almirante y recogidas por De las Casas. Además, resulta extraño que un marino experto abandonara la nave, que además había sido aportada por él mismo a la expedición. Más inverosímil parece que fuera el responsable del hundimiento y que acompañara a Colón en el segundo viaje a las Indias, e incluso se cree muy probable que lo hiciera en el tercero. También se dice que la reina Isabel indemnizó a Juan de la Cosa por la pérdida del navío, algo que no encaja con negligencia o cobardía. Algunos creen que Cristóbal Colón le admiraba y a la vez, envidiaba.

En el año 1500, a la vuelta de uno de sus viajes junto a Alonso de Ojeda creó, en el puerto de Santa María (Cádiz), su carta-mapamundi, en la que  aparecen todas las tierras descubiertas hasta ese momento, tanto por portugueses como por españoles, incluyendo los logros de Giovanni Cabotto, el marino veneciano al servicio de Enrique IV de Inglaterra, que tratando de llegar a Oriente se topó con la isla de Terranova y la península de Labrador.

Sin embargo, un hombre que había retado a la naturaleza muchas veces en lo más profundo del océano, fue a encontrar la muerte con el veneno de una planta. Era el año 1509 cuando de nuevo, en compañía de Ojeda, partió otra vez a América. No era éste un viaje más para el marinero cántabro, ya que iba a instalarse junto a su familia en las nuevas tierras, ostentando el cargo de alguacil mayor de Urabá, cargo hereditario concedido por Juana I de Castilla -Juana, la Loca-, en reconocimiento a todos sus logros. Sin embargo, dicen que en contra de la opinión de De la Cosa, Ojeda tomó la decisión de desembarcar en las proximidades de lo que más tarde sería Cartagena de Indias. Se sabía que en la zona existían indígenas belicosos que empleaban flechas y dardos envenenados. Salieron victoriosos de un primer encontronazo con ellos, pero Juan de la Cosa no sobrevivió a una segunda escaramuza que se produjo cerca del poblado de Turbaco (Colombia). Después de su muerte, se dijo que De la Cosa salvó la vida de Ojeda a cambio de la suya. Éste, en compañía de Diego de Nicuesa, dio muerte a la mayoría de los indígenas de Turbaco.

El veneno que mató a Juan de la Cosa recibe diferentes nombres, uno de ellos, el más conocido en Occidente, es curare. Lo obtienen algunas tribus del Amazonas desde tiempos ancestrales, a través de plantas selváticas de los géneros Chondrodendron o Strychnos. Lo empleaban, y aún se sigue empleando en algunos rincones recónditos, para impregnar las flechas usadas para cazar. Solamente resulta mortal si entra en contacto con el flujo sanguíneo, por lo que puede tocarse sin problemas si no hay una herida abierta por donde pueda penetrar. A mediados del s. XX sus propiedades se comenzaron a emplear en el ámbito clínico como anestésico.

Las víctimas de este veneno notan como sus músculos se desconectan de su mente, o lo que es lo mismo, no responden a sus deseos. La consciencia es plena mientras el veneno inhibe la comunicación entre los nervios y los músculos. La muerte se produce por asfixia, al quedar bloqueados los músculos que permiten la respiración, pero previamente se habrán paralizado los ojos y las extremidades. El cerebro ordena respirar, pero los músculos no ofrecen respuesta. Una lenta y terrible agonía contra la que no hay más solución que la respiración asistida, algo con lo que, por supuesto, no pudo contar Juan de la Cosa. ©ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO/Extracto del libro EL GENERAL QUE SE ALIÓ CON LAS ARAÑAS. TORMENTAS, VOLCANES, PANDEMIAS Y OTROS FENÓMENOS NATURALES QUE CAMBIARON LA HISTORIA

El general que se alió con las arañas

General Pichegru copia 290x300 El general que se alió con las arañas

Retrato del general Pichegru

El general que se alió con las arañas. Al comenzar el invierno de 1794, Quatremère Disjonval, un francés que había nacido cuarenta años atrás en París, se encontraba recluido en la prisión de Utrecht.

Hombre de naturaleza curiosa, -no había palillo que no tocara-, escribía obras de física y química, era miembro de la Academia de Ciencias de París, había regentado una fábrica de tintes y estampaciones en Sedán, y no desdeñaba meterse en política, motivo este último por el que los orangistas de los Países Bajos lo mantenían encarcelado. Corrían tiempos revolucionarios en Francia y los monárquicos de toda Europa tenían sus más y su menos con la República Francesa, que acababa de rebanarle la cabeza a Luis XVI y a su esposa María Antonieta.

Allí, en los Países Bajos, los orangistas, partidarios de Guillermo V de Orange, estaban enfrentados a los denominados patriotas, afines a las ideas ilustradas y revolucionarias francesas, que esperaban como agua de mayo que la República les echara una mano para hacerse con el control de la situación.

También esperaba a sus compatriotas nuestro amigo Disjonval, que mataba el rato observando la multitud de telas de araña con sus correspondientes propietarias que se amontonaban en los techos de su celda. Con tanto tiempo y con una personalidad algo obsesiva, por lo que se deduce de su comportamiento, llegó a elaborar una perfecta teoría sobre los cambios meteorológicos, basándose en la consistencia de las telas y en el comportamiento de las arañas. Tanto es así, que se hizo famoso en la prisión y fuera de ella por lo acertado de sus pronósticos.

Y como el saber no ocupa lugar y la paciencia es la madre de la ciencia,  a Quatremère Disjonval le llegó el momento de sacar partido a los más de dos años que había dedicado a observar arácnidos.

En el frío invierno de 1794 las tropas francesas del General Jean Charles Pichegru se encuentran en los Países Bajos. Disjonval había hecho su previsión. Auguraba un riguroso invierno, que en diciembre convertiría en hielo los ríos y canales. Esta información, gracias a cierta permisividad de los carceleros, llegó al general Pichegru.

Efectivamente, en diciembre de 1794, el ejército francés cruzó sin dificultad a pie sobre las aguas heladas del río Waal. El 15 de enero, las tropas entraron en Utrecht  y pudieron liberar a Disjonval. Sin embargo, un repentino aumento de las temperaturas hizo temer por la vida de los soldados franceses que seguían cruzando por aquellos ríos y canales aún helados. Pichegru solicitó al meteorólogo aracnólogo nueva información sobre el tiempo previsto para los días siguientes, y éste le aseguró que un nuevo temporal de frío se avecinaba, por lo que las aguas seguirían convertidas en hielo.

A juicio de los oficiales galos, fiarse de las arañas no parecía aconsejable, pero Pichegru hizo caso a los pronósticos, y con temperaturas de -17Cº los franceses derrotaron a la escuadra holandesa, bloqueada por los hielos y sin posibilidad de maniobra, hasta el punto de que los abordajes a las embarcaciones fueron hechos por la caballería francesa cabalgando sobre las congeladas aguas.

Como resultado, los patriotas vencieron a los orangistas y se hicieron con el control de las denominadas Provincias Unidas que desde 1579 conformaban las siete provincias del norte: Utrecht, Zelanda, Overijssel, Güeldres, Holanda, Groninga y Frisia. Guillermo se vio obligado a refugiarse en Gran Bretaña, y al acontecimiento se bautizó como Revolución Bátava -los revolucionarios de los Países Bajos eran conocidos como bátavos. Los bátavos eran un pueblo germánico que ocupaba la región de Batavia, situada a orillas del Waal, un río que es un brazo del Rin. A ellos se refiere Tácito y Julio César en sus conocidas Guerras de las Galias-.

Por supuesto, los franceses no hicieron la campaña a cambio de nada. La República Bátava quedó sometida a Francia, que nunca permitió la formación de un verdadero estado. Los avatares de esta república terminaron en 1805 cuando Napoleón la disolvió creando el Reino de Holanda, un nuevo reino donde colocar a uno de sus hermanos, en este caso, Luis Napoleón Bonaparte.

Los animales y la meteorología

La predicción del tiempo meteorológico, a través de los animales y plantas es algo tan antiguo como la humanidad. Es cierto que hay muchas teorías sin ningún tipo de justificación científica, como ese famoso día norteamericano de la marmota que se ha convertido en un acontecimiento festivo sin más. Sin embargo, hay  algunos comportamientos animales de los que se derivan predicciones meteorológicas que sí tienen fundamento para la ciencia.

Parece comprobado que el tiempo empeorará en tierra si las golondrinas vuelan bajo, y lo hará en el mar si las gaviotas vuelan alto, dirigiéndose desde el mar hacia tierra. Que habrá tormenta si las ocas muestran agitación y baten las alas, o si las hormigas se alborotan y pierden su habitual orden.

Por supuesto, no podemos dejar de referirnos al grajo, todo un clásico; “Cuando el grajo vuela bajo hace un frío del carajo”, afirmación que se completa con otras rimas similares “si vuela rasante, hace un frío acojonante”, y “si se posa en los balcones…”. Superado el dudoso gusto de las expresiones, se puede decir que ello es totalmente cierto, aunque, en este caso, más que un pronóstico es una constatación. Ocurre que las bajas presiones que traen lluvias y tiempo desapacible impiden que el aire caliente sea aprovechado por las aves para ascender y dejarse llevar con facilidad, por lo que su vuelo necesita más esfuerzo y lo hacen a menor altura que cuando el tiempo es cálido y anticiclónico.

Pero, sin duda, las arañas son especialmente sensibles a los cambios en el tiempo meteorológico. Si rompen sus redes o las abandonan es muy probable que haya fuerte viento o tempestad, aunque a veces las tensan o la construyen más cortas para evitar que se rompan. Si se esconden  temporalmente alejándose de ellas, la tormenta puede estar cerca. Si salen de sus rincones hacia lugares iluminados hará buen tiempo, lo mismo que si las tejen al atardecer; y si las temperaturas van a bajar bruscamente  desaparecen buscando rincones y refugios donde ocultarse. ©ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO/Extracto del libro EL GENERAL QUE SE ALIÓ CON LAS ARAÑAS. TORMENTAS, VOLCANES, PANDEMIAS Y OTROS FENÓMENOS NATURALES QUE CAMBIARON LA HISTORIA

La guerra de trincheras en la Primera Guerra Mundial

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Soldados británicos combatiendo en las trincheras

Noviembre de 1914, Ypres, frontera franco belga. Alemanes y aliados luchan en una batalla enconada, sin avances significativos salvo en el número de bajas.

Los alemanes, que se habían pasado por debajo de sus botas la neutralidad belga, con más dificultades de las previstas -los belgas resultaron ser más fieros de lo que creían-, pensaban que su avance hacia París era pan comido. No podían estar más equivocados. Nada en la Primera Guerra Mundial salió como los estrategas militares tenían previsto.

Históricamente, hasta esta primera contienda mundial, las tácticas eran fundamentalmente ofensivas. Todo consistía en empuje, valor y avances, paso a paso, y muerto a muerto, hasta alcanzar el objetivo. Las estrategias seguían siendo las mismas, pero las armas eran otras. Las ametralladoras y el mayor alcance de los fusiles permitían una postura conservadora.

En estos nuevos tiempos era mas “fácil” pararle los pies al enemigo. Los ingleses manejaban a la perfección sus fusiles Lee-Enfield, alimentados por cargador, y los alemanes no dudaban en emplear sus ametralladoras, o incluso sus enormes morteros capaces de lanzar proyectiles de más de 800 Kg, a los que llamaban Dicke Berta -Berta la Gorda, en  traducción literal-. Ambos ejércitos probaron los estragos de sus respectivas armas. Los ingleses, aliados de Francia y de Rusia, gracias a la Triple Entente, habían practicado con sus fusiles en tierra inglesa, antes de empezar la guerra. Llevaban a cabo un meticuloso entrenamiento al que llamaban Mad minute, una especie de tiro al plato en el que eran capaces de acertar, casi al cien por cien, todos los disparos del cargador de sus fusiles Lee-Enfield. Todavía hoy, un siglo después de la Gran Guerra, hay en Gran Bretaña propietarios de estas legendarias armas que continúan practicando el tiro, ahora por el mero placer de hacerlo, por supuesto. Con estos antecedentes y la precisa preparación británica, recibieron a los envalentonados alemanes, que no supieron lo que se les venía encima hasta recibir el balazo correspondiente. Pero los teutones, que no son precisamente torpes de entendimiento, no dudaron en emplear sus armas. Berta la Gorda, denominada así en homenaje, algo dudoso, a la oronda Bertha Krupp, heredera de la industria Krupp, fabricante del artefacto, ya había demostrado su poder destrozando los fortines belgas, espectaculares de apariencia, pero fabricados en cemento de poca calidad, un error que nunca habrían cometido los germanos. Pero lo más temible eran sus ametralladoras, que barrían al enemigo con una facilidad hasta el momento nunca vista.

 La guerra de trincheras en la Primera Guerra Mundial

Las trincheras se llenaban de agua y barro provocando el temido “pie de trinchera”

Había, por tanto, que protegerse, atrincherarse o morir. La guerra de trincheras era lo que tocaba ahora. Alemanes y aliados construyeron cada uno las suyas. Apenas unos 70 o 100 metros separaban las de los contendientes, esos metros que denominaban tierra de nadie y que se convirtieron en tierra de muerte. Los cadáveres se acumulaban en ese espacio intermedio entre trincheras. Cada embestida del contrario suponía la muerte segura. No era preciso más que asomar la cabeza por encima de la trinchera para recibir el impacto de un francotirador, y si con suerte se superaba esta fase y se salvaban las alambradas, allí, en la tierra de nadie, había que franquear cadáveres sepultados entre el barro para acercarse a las trincheras enemigas. Ahí se acababa la historia, el disparo certero estaba asegurado. No es de extrañar que los soldados enfermaran de “los nervios”, como comúnmente se decía, cuando alguien sufría un problema mental. Hay que ponerse en el lugar de uno de aquellos soldados. Si no te mataba el francotirador, lo hacían las ametralladoras, y si no tu propio superior, que a patadas te echaba de la trinchera para que combatieras como un valiente, mientras te recordaba que si dabas un paso atrás, él mismo acabaría contigo, algo que no era una simple amenaza. Una situación para volverse loco.

Hasta en tres kilómetros a la redonda se percibía el olor de los cadáveres putrefactos. Entre trincheras, escaramuzas y muertos discurría la vida de los jóvenes de ambos bandos que, voluntarios o forzosos, habían acudido a una guerra iniciada en el mes de julio y que les parecía fácil de ganar, tanto que pensaban que en navidad estarían de regreso en sus hogares de Alemania, Francia o Inglaterra, porque todos se veían, inconscientemente, superiores.

Las trincheras eran auténticas obras de ingeniería proyectadas por los ingenieros de cada bando, aunque las de los alemanes eran aún más perfectas. Por lo general consistían en una sucesión de zanjas alineadas horizontalmente y comunicadas por zanjas verticales que, a modo de calles, permitían trasladarse entre unas y otras. En la primera línea se situaban, armados, los observadores. En la segunda, los reemplazos esperaban su turno, y en la tercera, a cierta distancia, se acumulaba la intendencia, alimentos, medicinas, médicos y demás enseres. Algunas trincheras de tercera línea tenían habitáculos excavados en profundidad, que ofrecían mayor protección y que, por supuesto, estaban destinados a los mandos superiores.

Las características del suelo en esta región de Europa permitían que las trincheras se construyeran con facilidad. Se trataba de un suelo profundo, blando y húmedo, muy húmedo, especialmente en los fríos y lluviosos meses de otoño e invierno -que en tierras fronterizas franco-belgas eran meses muy largos de entre los doce que componen el año- . Precisamente el barro y la humedad constante en los pies, fue lo que generó un mal denominado pie de trinchera, una enfermedad descrita en la Primera Guerra Mundial, pero que ya habían padecido años atrás en Rusia los soldados de Napoleón.

El pie de trinchera o pie de inmersión era el resultado del agua y el frío, o de la humedad causada por el sudor continuo de los pies. Comenzaba con hinchazón, enrojecimiento y picor. Continuaba con la formación de llagas, ulceración, necrosis y con la necesaria amputación del pie por gangrena. Para evitarlo era necesario no permanecer mucho tiempo con los pies en un entorno húmedo, o secarlos cambiando el calzado y los calcetines. Ninguna de estas comodidades estaban contempladas.

El agua, el barro y el frío tomaron partido en contra de los soldados. El resto, lo ponían ellos, los balazos y la artillería tratando de hacer blanco entre las zanjas con lanzamientos parabólicos. Por cierto, los alemanes, siempre tan previsores, sufrieron menos bajas por pie de trinchera que los aliados. En muchas trincheras pusieron maderas que mitigaban, al menos parcialmente, el contacto permanente de las botas con el barro. ©ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO/Extracto del libro EL GENERAL QUE SE ALIÓ CON LAS ARAÑAS. TORMENTAS, VOLCANES, PANDEMIAS Y OTROS FENÓMENOS NATURALES QUE CAMBIARON LA HISTORIA

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