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No, no hubo una papisa. Fueron tres

Olimpia Maidachini 223x300 No, no hubo una papisa. Fueron tres

Olimpia Maidachini

No, no hubo una papisa. Fueron tres. Una mujer sentada en el trono de la Iglesia, que disimuló su condición desde joven, cortándose el pelo y vistiendo anchas ropas eclesiásticas. Ello la permitió educarse como monje, viajar a Roma y ser elegida para papa. Es la conocida historia de la papisa Juana, aunque no es la única mujer que ha gobernado de forma efectiva la Iglesia. Otras dos, muchos siglos después, hicieron lo mismo.

Juana, en realidad, nunca existió. A su leyenda dio origen un divertido libro en latín, que era una sátira sobre las costumbres del clero romano. Fue escrito por Félix Haemerlein en el siglo XV y, como muchos otros análogos, se dirigía a un público intelectualmente muy selecto. Que desde luego, era capaz de comprender los chistes que contenía. Sin embargo, cuando sus historias pasaron al conocimiento común de europeos y romanos, perdieron su tono jocoso y se dieron por absolutamente ciertas. Especialmente la relativa a una ceremonia en que cada nuevo papa debía sentarse en un trono de asiento agujereado, mientras un joven clérigo introducía su mano por debajo para palparle, y comprobar que tenía testiculos. Una vez certificado, gritaba “duo habet, et bene penden” -tiene dos, y cuelgan bien-, a lo que los allí congregados respondían “Deo gratias”, gracias a Dios.

Lo curioso es que la ceremonia de sentarse en dos sillas de asiento agujereado llevaba celebrándose desde el siglo XIV, aunque no para comprobar la hombría del elegido. En realidad era un símbolo místico que ponía en relación el cargo de pontífice y su condición de representante de la madre Iglesia. Todavía en el siglo XVI se realizaba, y en el diario del maestro de ceremonias se alude a que se evita la calle en que la papisa Juana dio a luz. La historia original de Haemerlein había pasado de boca a oreja hasta ser creída por todos, y asignar un lugar en donde la papisa, embarazada, fue descubierta durante una procesión, al ponerse, intempestivamente, a dar a luz. Desde entonces, supuestamente, se palpaba al nuevo papa, asegurándose de que no fuera mujer.

Que Juana no haya existido no quiere decir que no haya habido papisas. Una de las muy famosas fue Olimpia Maidalchini, cuñada de Inocencio X, un pontífice del siglo XVII, muy conocido por el retrato que de él hizo Velázquez. La presencia permanente de esta mujer en El Vaticano levantó los rumores de que se había convertido en amante papal. En realidad había hecho algo más que eso, elevándose a verdadera gobernanta de la Iglesia, o al menos a mano derecha de Inocencio. Tanto es así, que cuando el papa comenzó la larga agonía que le conduciría a la muerte, Olimpia se encerró con él en su cámara privada. Nadie sabe qué pasó dentro, pero los clérigos entregaban a la papisa los documentos para firmar, o le consultaban las decisiones a tomar, y ella los firmaba con el sello papal y transmitía, teóricamente, las instrucciones de Inocencio. Nadie vio ni atendió al al papa en ese período, salvo ella.

Cuando al fin murió Inocencio y la curia romana pudo entrar en sus estancias, halló que Olimpia las había saqueado. Poco más quedaba que el cadáver, pero ninguna de sus joyas o posesiones. Conforme a la costumbre, el papa fue embalsamado y velado. Pero no se le podía enterrar porque no quedaba dinero para hacerlo. Cuando los sacerdotes encargados fueron a pedírselo a Olimpia, ella respondió que ¿cómo una pobre viuda iba a tener dinero como para enterrar a un papa?. Y se volvieron con las manos vacías.

No creamos, sin embargo, que las papisas son una cosa de siglos pasados o lejanos. La siguiente gran papisa fue la monja Pascualina Lenhart, la virgo potens, virgen poderosa, como socarronamente la llamaron en el Vaticano. Conoció al futuro papa Pío XII -pontífice durante la Segunda Guerra Mundial- cuando ella tenía 23 y él 31, y ya no se separaron nunca. Convivieron cuarenta y un años y cuando él llegó al Vaticano, le encargó la tarea de ser la intermediaria en sus audiencias y, por tanto, la responsable de llevar la agenda papal. Según la Iglesia Católica, convivieron siempre en castidad. Y sin embargo, algo debieron tener que ocultar porque cuando murió Pío XII, Pascualina bajó con sus papeles personales a las calderas vaticanas, quemando todo testimonio. La costumbre es encerrar estos papeles en el Archivo Secreto Vaticano y mantenerlos al menos un siglo fuera del alcance de los investigadores. A Pío XII, por decisión de la papisa, nunca podrá investigársele.   © MARTÍN SACRISTÁN TORDESILLAS, autor del libro SU SANTIDAD PECADORA. SI TE HA GUSTADO ESTE ARTÍCULO, CONOCE MUCHAS MÁS ANÉCDOTAS Y CURIOSIDADES SORPRENDENTES SOBRE LA HISTORIA DEL PAPADO EN SU LIBRO “SU SANTIDAD PECADORA. SECRETOS DE LOS PAPAS DE ROMA

¿Quiere vivir mucho tiempo? Hágase papa

Gregorio el Magno 228x300 ¿Quiere vivir mucho tiempo? Hágase papa

Gregorio el Magno

¿Quiere vivir mucho tiempo? Hágase papa. Malaria, difteria, viruela, neumonía, polio, disentería… y la temible peste bubónica. Nulos conocimientos de medicina, y menos inclinación aún hacia la higiene. Así fue Europa hasta el siglo XIX, e Italia, sede de los papas, no era una excepción. Y sin embargo, los pontífices escaparon a la baja esperanza de vida común a sus contemporáneos. Si hacemos la media de los registros de edad verdaderamente fiables, los que van del siglo XVI a nuestros días, comprobamos que vivieron hasta una media de 78 años. Longevidad que puede llevar a error, porque nada tuvo que ver con sus condiciones de salud. Gregorio el Magno pasó los últimos once meses de su vida sin levantarse de la cama, debido a la gota. A Sisino tuvieron que darle de comer desde el primer día en que se sentó en el trono de San Pedro. Tenía tan deformadas las manos por la acumulación de ácido úrico que ya no podía utilizarlas.

En realidad, hay una razón clara para que los papas llegaran a ser tan viejos, y para que la mayoría padecieran enfermedades geriátricas. Y ello está relacionado con la decisión de Esteban III, que en el siglo VIII decidió que los pontífices debían ser elegidos, únicamente, entre los cardenales. La medida era un intento de que ningún rey interfiriera en la Iglesia. En aquel entonces, estos miembros del alto clero residían sólo en Roma, gestionando el inmenso patrimonio asociado a las iglesias de la ciudad: tesoros en oro, plata y piedras preciosas, propiedades inmobiliarias, donaciones, impuestos e inmensos latifundios. Ello les convertía en los más interesados en proteger los intereses romanos, especialmente de la ambición de los reyes extranjeros. Es tanto como decir que eran los candidatos idóneos para ser papas. Naturalmente, no era fácil para quien se iniciaba como simple sacerdote en un templo romano, llegar al puesto de máxima responsabilidad, el de cardenal. Había que pasar por todos los rangos y, sobre todo, vivir lo suficiente como para ello. Rara vez los cardenales eran más jóvenes de 55 años. Y si lo eran, se les descartaba como candidatos al trono de la Iglesia.

La costumbre no escrita de elegir por papa al cardenal de mayor edad o menor salud se inició, por tanto, en el siglo VIII, durante el papado de Esteban III. Y se ha respetado hasta nuestros días con pocas excepciones. Cuanto mayor sea un pontífice, antes morirá, dando mayor posibilidad de serlo al resto de cardenales. Por tanto, no es que los papas sean muy longevos. Es que nadie que no llegue a viejo tendrá demasiadas posibilidades de serlo.         © MARTÍN SACRISTÁN TORDESILLAS, autor del libro SU SANTIDAD PECADORA. SI TE HA GUSTADO ESTE ARTÍCULO, CONOCE MUCHAS MÁS ANÉCDOTAS Y CURIOSIDADES SORPRENDENTES SOBRE LA HISTORIA DEL PAPADO EN SU LIBRO “SU SANTIDAD PECADORA. SECRETOS DE LOS PAPAS DE ROMA

El año sin verano

resized 650x365 origimage 586318 El año sin verano

El año sin verano. La noche del 12 de mayo de 1816, la ciudad de Quebec estaba helada como solía estarlo en diciembre, y el 14 amaneció cubierta de nieve. El día 6 de junio la ciudad de Nueva York, completamente cubierta por un manto blanco, presentaba un aspecto navideño. En apenas unas horas las temperaturas habían descendido 20ºC. En los campos de América del norte, las ovejas recién esquiladas morían de frío y al llegar el mes de julio, la sensación era la misma que otros años al final del verano. En China, el río Yangtsé se desbordó y el río Amarillo provocó con sus inundaciones más de cien mil muertos.

Por aquellas fechas, Mary Shelley y su esposo Percy, junto a la hermanastra política de Mary, Claire Clairmont, se encontraban en Suiza. Allí coincidieron, en los alrededores del lago de Ginebra -Lemán- con Lord Byron. El tiempo, excepcionalmente frío y lluvioso, no invitaba a salir al exterior, así que las veladas al calor del fuego se repetían en Villa Diodati, la residencia de Byron. Es allí donde el excéntrico escritor propone a sus invitados que cada uno de ellos escriba un relato de terror. La idea no pareció convencer a todos, pero sí a Mary. Ese mismo verano de 1816, Mary Shelley ya tenia un esbozo de su relato Frankenstein.

¿A qué se debía esta excepcional ola de frío en pleno verano? El 5 de abril de 1815, el volcán Tambora, situado en la Isla de Sumbawa al este de Java, en Indonesia, entró en erupción. El estruendo se escuchó a más de 1.000 Km de distancia y fue confundido inicialmente con cañonazos. La columna de cenizas y humo disipó pronto las dudas. Sin embargo, lo peor estaba por llegar. Los días posteriores, de relativa calma, no hacían sospechar lo que se se avecinaba. La erupción del día 5 era solo el primer estornudo de un volcán de más de 4.000 metros de altura. Las enormes presiones de gases sobre la lava contenida en el subsuelo provocaron una segunda erupción cinco días después. Metros de cenizas cubrieron los suelos y una ingente cantidad de lava arrasó todo cuanto encontró a su paso. Como consecuencia de la erupción del Tambora murieron decenas de miles de personas, -se calcula que unas 70.000-, tanto por efecto directo de la explosión como del tsunami que se originó.

Después de unos meses de sucesivas erupciones, el Tambora, que tenía 4.300 metros de altura, pasó a tener 2.850. Más de 1.500 metros de volcán, junto a las cenizas que emitieron las erupciones, fueron lanzadas por los aires alcanzando la estratosfera. Estas partículas de polvo supusieron una barrera para los rayos solares. Como consecuencia, las temperaturas descendieron, aunque quizá no deba atribuirse exclusivamente al Tambora la responsabilidad de aquel frío verano. También se sabe que durante las primeras décadas del s. XIX se produjo un período de baja actividad solar, lo cual tuvo que influir también en la bajada de temperaturas que, por otra parte, ha sido objeto de exageración. Es muy posible que la confluencia de ambos factores determinara que el verano del año 1816 fuera especialmente frío, pero no solamente ese verano, también otras estaciones en los siguientes años.

Hasta mediados del s. XIX, en el que las temperaturas comenzaron a subir globalmente, el hemisferio norte llevaba siglos con una media más baja que la que se había mantenido hasta el s. XIV. Entre este último y mediados del XIX se especula que debido a cambios en la actividad solar, entre otras causas, Europa y todo el hemisferio norte vivió lo que se ha denominado Pequeña Edad de Hielo. En España, los glaciares pirenaicos aumentaron de tamaño y las inundaciones por crecidas de los ríos fueron recurrentes. Especialmente gélidos fueron los años 1788 y 1789. ©ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO/Extracto del libro EL GENERAL QUE SE ALIÓ CON LAS ARAÑAS. TORMENTAS, VOLCANES, PANDEMIAS Y OTROS FENÓMENOS NATURALES QUE CAMBIARON LA HISTORIA

La gripe española y el sudor inglés

Spanish flu hospital La gripe española y el sudor inglés

Hospital de Kansas (Estados Unidos) con enfermos afectados por el virus de gripe española en 1918.

La gripe española y el sudor inglés. En el verano de 1918, mientras la Primera Guerra Mundial se decantaba a favor de los aliados, un golpe de gracia definitivo se cernía sobre los maltrechos combatientes. A los millones de víctimas con los que Gran Guerra había sembrado las trincheras y campos franceses, se unía ahora una extraña gripe que en los meses siguientes se hizo mortífera, tanto, que en cuestión de horas terminaba con la vida de soldados jóvenes y sanos. Unos meses antes, en primavera, en el campamento militar Camps Devens, al noroeste de Boston, en Estados Unidos, algunos hombres comenzaron a padecer lo que entonces denominaron “extraña neumonía”. Hacia el mes de septiembre los contagios fueron en aumento y los efectos de la enfermedad, devastadores. En dos semanas casi 60.000 soldados estaban contagiados.

De todo ello se deduce que fueron los soldados estadounidenses llegados a Europa, en apoyo de franceses y británicos, los que introdujeron la enfermedad en el Viejo continente, aunque después de un siglo aún no se sabe con certeza el origen de la que fue denominada “gripe española”

Si el origen se sitúa en Estados Unidos, cabe preguntarse por qué España tiene el dudoso honor de dar nombre a la peor pandemia de la historia de la humanidad; sí, peor que cualquier otra, ya que la gripe de 1918 mató en cuatro meses, en todo el mundo, más gente que la peste en 100 años o el SIDA desde su origen hasta nuestros días. La razón de que se denominara “gripe española” se debe a que España no estaba alineada en la Gran Guerra. La censura impuesta por los mandos de los combatientes impedía dar información acerca del rastro de muerte que la gripe estaba dejando entre militares y civiles. En España, sin esas limitaciones, los periódicos informaban a diario y, como no podía ser de otro modo, era la principal preocupación, máxime cuando el propio rey Alfonso XIII cayó enfermo. Lo que Europa conocía era lo que ocurría en España, por lo que comenzó a denominarse “gripe española”, “spanish influenza”2 o “spanish flu”, como si España fuera el foco y único lugar donde la gripe estaba actuando. En la actualidad, se estima que murieron más de 50 millones de personas en todo el mundo, aunque hay estimaciones de hasta 100 millones, quizá un tanto exageradas. Solamente en China fallecieron, a causa de esta gripe, 30 millones, unos 15 en la India, 700.000 en Estados Unidos, 400.000 en Francia, 250.000 en Gran Bretaña y 300.000 en España. Ningún rincón del mundo quedó a salvo.

La denominada “gripe española”, quizá sea comparable, no tanto por el numero de muertos, como por su virulencia, con el denominado “sudor inglés”, también llamado “sudor anglicus” o “pestis sudorosa”. Se trata de otra enfermedad con atribución geográfica, esta vez en Inglaterra, que se prodigó entre los siglos XV y XVI, apareciendo y desapareciendo por períodos de dos semanas, siempre en verano, y causando en ese corto período de tiempo una gran mortandad. Se extendió desde Inglaterra al centro, norte y este de Europa, pero al finalizar el S. XVI no volvió a repetirse. Mareos, frío, sudor muy abundante -que otorgó el nombre a la enfermedad-, dolor muscular, agotamiento y hemorragias nasales eran sus síntomas. Doce horas después de comenzar los mismos, los enfermos morían, no solían superar las 24 horas de resistencia. Otros, transcurridas esas horas, mejoraban y sanaban. ©ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO/Extracto del libro EL GENERAL QUE SE ALIÓ CON LAS ARAÑAS. TORMENTAS, VOLCANES, PANDEMIAS Y OTROS FENÓMENOS NATURALES QUE CAMBIARON LA HISTORIA

Unas fiebres, un árbol y un gin-tonic

580px Arbol de la quina Unas fiebres, un árbol y un gin tonic

Árbol de la quina

Unas fiebres, un árbol y un gin-tonic. Cuenta la historia, que tiene más tintes de leyenda que de historia, que Francisca Enríquez de la Rivera, segunda esposa de Luis Jerónimo Fernández de Cabrera y Bobadilla, virrey de Perú y cuarto conde de Chinchón, allá por 1632, enfermó de fiebres en tierras americanas. Había observado la condesa que los indígenas usaban la corteza de un árbol para combatirlas y eso les daba buenos resultados. Se decidió a probar, con tanto éxito que pudo sanar y convertirse en la primera persona de Europa en agradecer las cualidades de este vegetal “milagroso”, al que luego se denominó árbol de la quina.

Casi todas las teorías coinciden en que fueron los jesuitas los introductores del producto en el Viejo Continente, que de Roma pasó a Francia, donde tuvo una gran aceptación.

Precisamente los británicos son los protagonistas de otra interesante historia con relación a este producto. El sabor, extremadamente amargo, de las pastillas de quinina que se tomaban para tratar la malaria, suponía pasar un pequeño calvario cada vez que había que ingerirlas. Mezcladas con agua y un poco de lima o limón el trago se hacía más llevadero. Habían inventado la tónica, idea que rápidamente se apresuraron a aprovechar comercialmente algunas empresas. Aún fueron un poco más lejos. Si a la tónica se le añadía un chorrillo generoso de ginebra resultaba que se habían preparado un gin-tonic. Tónica y gin-tonic tienen su origen en la quinina, o lo que es lo mismo, en el árbol de la quina y en aquella corteza que, en su momento, dice la historia o leyenda, sanó a la condesa de Chinchón.

En la actualidad, la quinina ha sido sustituida en el tratamiento de la malaria por medicamentos sintéticos, y pocas marcas de tónica llevan auténtica quinina. Se incorporan otros productos que dan amargor a la bebida. ©ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO/Extracto del libro EL GENERAL QUE SE ALIÓ CON LAS ARAÑAS. TORMENTAS, VOLCANES, PANDEMIAS Y OTROS FENÓMENOS NATURALES QUE CAMBIARON LA HISTORIA

La tierra tiembla en Lisboa

Louis Michel van Loo 003 La tierra tiembla en Lisboa

El marqués de Pombal mostrando la reconstrucción de Lisboa, tras el terremoto, en un óleo de Louis Michel van Loo (1776)

La tierra tiembla en Lisboa. Eran las 10 horas del sábado 1 de noviembre de 1755, festividad de Todos los Santos. El rey Fernando VI y la reina Bárbara de Braganza se encontraban en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial cuando la tierra tembló. El temor a que las estructuras del colosal edificio se vinieran abajo, aconsejó a los reyes partir hacia Madrid, al Palacio del Buen Retiro.

El terremoto del 1 de noviembre de 1755 es conocido como el terremoto de Lisboa, aunque no solamente se dejó notar en la capital portuguesa. Toda la península Ibérica, de un modo u otro, resultó afectada por un temblor que los modernos sismólogos consideran que alcanzó cerca de los 9 grados en la escala de Richter, que para hacernos una idea, es la misma intensidad que tuvo el seísmo que causó en 2011 el desastre de Fukushima.

Al parecer hubo tres temblores con una duración total de diez minutos. El terremoto tuvo su epicentro a unos 300 Km de Lisboa, frente a las costas del Cabo de San Vicente, y se sintió en Francia, Suiza y en el norte de Italia, además de en el norte de África y, obviamente, en España. Después del terremoto se produjo una gran ola -tsunami- que además de a Lisboa -el mar se adueñó del cauce del río Tajo-, afectó violentamente a Cádiz y Huelva, incluso el nivel de las aguas subió en el río Guadalquivir alcanzando Sevilla. En Cádiz, la ola supero los 12 metros y arrasó las poblaciones de la bahía gaditana, provocando muerte y destrucción. La ciudad de Cádiz salió mejor parada gracias a sus murallas, aunque finamente cedieron al empuje del mar. Causó muertes en la costa de Agadir y Tánger, en Marruecos, y cruzó el Atlántico hasta las Antillas donde el nivel del mar subió un metro. Las olas alcanzaron también el norte hasta las costas de Escandinavia.

Lisboa perdió una cuarta parte de su población y el fuego que se originó acabó con el 80 por ciento de los edificios de la ciudad, una de las más hermosas de Europa. En los incendios se destruyeron obras de arte de pintores como Tiziano o Rubens, archivos históricos y bibliotecas con un valor histórico incalculable.

El rey de Portugal, Jose I, salvó su vida porque se encontraba fuera de Lisboa en el momento de producirse el seísmo. También se libró el primer ministro, marqués de Pombal, que se encargó de mantener la calma e iniciar la costosa reconstrucción de la ciudad.

Además de los efectos sobre las edificaciones y el terreno, el terremoto de Lisboa supuso un cambio en las ideas filosóficas de aquellos tiempos ilustrados. ¿Cómo era posible que un día tan señalado cono el de Todos los Santos, mandara Dios semejante castigo?. Kant, Voltaire y otros pensadores de la época polemizaron apasionadamente en torno a las tesis del optimismo racionalista. En definitiva, el movimiento sísmico no solamente sacudió la tierra, también removió las mentes y su forma de entender la vida.

“El hombre no ha nacido para construir eternas chozas en este teatro de presunción. Porque toda su vida tiene una meta lejana más noble…” Immanuel Kant. ©ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO/Extracto del libro EL GENERAL QUE SE ALIÓ CON LAS ARAÑAS. TORMENTAS, VOLCANES, PANDEMIAS Y OTROS FENÓMENOS NATURALES QUE CAMBIARON LA HISTORIA

Cloro, gases y otras sustancias para matar más y mejor

Mustard gas burns Cloro, gases y otras sustancias para matar más y mejor

Soldado afectado por el uso de gas mostaza

Cloro, gases y otras sustancias para matar más y mejor. La Primera Guerra Mundial y, en concreto, Ypres, al noroeste de Bélgica, casi en la frontera con Francia, fue el escenario de todos los horrores que un conflicto bélico podía deparar. Ya hemos hablado de la terrible guerra de trincheras y de los padecimientos que en los soldados producía el pie de trinchera, como consecuencia de la permanente humedad a la que sus extremidades se veían sometidas. Pero por si la naturaleza y las balas no habían hecho suficiente daño, una nueva y dramática experiencia se estaba cociendo en las mentes guerreras de los contendientes.

El 22 de abril de 1915 fue la fecha elegida. Los ingenieros alemanes llevaban ya unos cuantos días agujereando el suelo, introduciendo en el mismo una especie de cilindros metálicos conectados a unas bombonas que apuntaban a las trincheras enemigas. Un total de 5.730 cilindros con sus correspondientes bombonas esperaban el momento adecuado. A las cinco de la tarde el viento soplaba en dirección a las trincheras aliadas. Era el momento de abrir las espitas y liberar su contenido. Casi 170 toneladas de cloro se desplazaban impulsadas por el viento en forma de una densa nube hacia las posiciones enemigas. La primera bocanada la reciben los soldados de la División Argelina 45 y de la División territorial 87 del ejército francés.

Los resultados fueron “extraordinarios” para los alemanes. Se calcula que 5.000 hombres murieron por la inhalación del gas tóxico y otros 10.000 fueron afectados. Unos 4 o 5 kilómetros de frente quedaron a disposición de los germanos, que como es lógico, tenían sus reticencias a avanzar por donde sus gases acababan de actuar. El 24 de abril, dos días después, el ejército alemán vuelve a repetir la maniobra, ahora contra la segunda brigada canadiense, pero el factor sorpresa ya no funciona. Las víctimas del anterior ataque habían comprobado que el gas producido al liberar cloro se neutralizaba tapando la cara con un pañuelo mojado en agua. Los canadienses van más allá y lo hacen con uno mojado en sus propios orines, técnica que creían más eficaz. A partir de entonces, los soldados aliados procuraban llevar siempre a mano un pañuelo convenientemente orinado para proteger sus vías respiratorias, por si el cloro les sorprendía.

En la Gran Guerra se produjo una paulatina escalada en el uso de gases. Los franceses comenzaron, en el otoño de 1914, a emplear cartuchos con etil bromoacetato, un gas irritante, contra los alemanes. La respuesta alemana fue el cloro de Ypres. Poco después, los mismos franceses replicaron con fosgeno -oxicloruro de carbono- combinado con cloro. Y los alemanes, que no iban a quedarse atrás, correspondieron con otro “interesante” compuesto de fosgeno y gas mostaza, este último a base de azufre con un olor característico entre ajo y mostaza. El fosgeno mezclado con gas mostaza fue el más mortífero de los productos utilizados durante la Primera Guerra Mundial. El fosgeno quemaba los tejidos hasta alcanzar el hueso.

Por fortuna, la lewisita, producto de la investigación del estadounidense Winford Lee Lewis, o “rocío de la muerte” como también se llamó al invento, no llegó a emplearse.  La guerra terminó cuando los primeros proyectiles ya habían llegado a los campos de batalla.

La lewisita era otro gas vesicante, es decir, capaz de producir graves quemaduras por inhalación y por contacto, incluso a través de la ropa y el caucho, por lo que hubiera hecho inútiles los no muy avanzados medios de protección de que disponían los soldados de comienzos del siglo XX. Ademas, su absorción a través de la piel ocasionaba irreparables daños hepáticos. En esa espiral de retorcidos planes se contemplaba mezclarlo con gas mostaza, lo cual hubiera hecho aumentar la ya dolorosa cifra de más de 500.000 damnificados y 100.000 muertos que se calcula que el uso de gases tóxicos provocó en la Gran Guerra.

Precisamente, estas cifras y los horribles padecimientos sufridos por los afectados llevaron a la firma del Protocolo de Ginebra en 1925 que prohibía el empleo de estas sustancias pero, paradójicamente, admitía que se siguieran produciendo. Ni Japón ni Estados Unidos se adhirieron, aunque el país norteamericano lo haría en 1947. Una norma que, de hecho, era papel mojado, como el anterior Acuerdo de 1899 que firmaron con el mismo compromiso los mismos países que luego intervinieron en la Primera Guerra Mundial y usaron gases a discreción, y que obligaba a “abstenerse en el uso de proyectiles cuyo único propósito fuere la difusión de gases asfixiantes o nocivos”.

Dados los antecedentes, no iba a faltar una nueva ocasión en la que volver a utilizar el gas. Y así fue. Ahora el turno le tocaba a España. En la Guerra del Rif (1921-1927) los españoles, que habían sufrido el asedio de Monte Arruit con la derrota conocida como Desastre de Annual, fueron los primeros en emplear gases lanzándolos desde el aire. El objetivo eran los hombres del resistente  Abd-el-Krim, el cual denunció ante la comunidad internacional la agresión. La iperita y el fosgeno se compraron inicialmente a Francia y Alemania, y posteriormente se fabricaron en la Fábrica Nacional de La Marañosa, situada en las proximidades de Madrid. La idea de lanzar los gases desde el aire no resultó del todo exitosa. Las variaciones de los vientos causaron daños no solamente en las tropas rifeñas, también en muchos soldados españoles.

En el contexto de la Segunda Guerra Mundial, mención aparte merecen los japoneses. Muy belicosos y no demasiado escrupulosos, si no les tembló el pulso para hacer lo que hicieron en Pearl Harbor contra Estados Unidos, podemos imaginar el trato dispensado a los chinos. Contra estos usaron todo el arsenal disponible, -fosgeno, iperita y lewisita-. Además crearon en suelo de la China ocupada el famoso Escuadrón 731, donde se ensayó con todo tipo de armas químicas y bacteriológicas, incluyendo prácticas quirúrgicas en seres humanos, que si damos crédito a todo lo que sobre ellas se ha contado, sitúan a los nazis en el escalafón de inocentes principiantes.

Y si el uso de químicos es antiguo, no lo es menos la utilización de agentes biológicos. En la Edad Media, durante el sitio de la ciudad factoría genovesa de Caffa (Ucrania), el ejercito tártaro, que había sufrido una epidemia de peste,  antes de abandonar su asedio, catapultó cadáveres al interior de la ciudad defendida por resistentes genoveses. Los genoveses, de retorno a su república, introdujeron en Europa la enfermedad.

La viruela, la más mortífera de las enfermedades de la historia de la humanidad por el número de víctimas y por los muchos años que ha permanecido castigando al ser humano, fue utilizada como arma por las tropas inglesas en la guerra contra los franceses y amerindios (1754-1767), ocasionando una epidemia entre las tribus indias del valle del río Ohio.

La peste, la viruela, el cólera y el carbunco o antrax han estado siempre presentes como posible medio de ataque en las inquietas mentes guerreras. Su mayor problema, a la vez que gran ventaja para la humanidad, es que los microbios no saben distinguir los colores de los uniformes ni las graduaciones militares. De tal modo que resulta muy difícil controlar que la enfermedad no se vuelva contra quien la ocasiona. ©ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO/Extracto del libro EL GENERAL QUE SE ALIÓ CON LAS ARAÑAS. TORMENTAS, VOLCANES, PANDEMIAS Y OTROS FENÓMENOS NATURALES QUE CAMBIARON LA HISTORIA

Trafalgar, la tormenta perfecta

The Battle of Trafalgar by William Clarkson Stanfield 1024x587 Trafalgar, la tormenta perfecta

La batalla de Trafalgar por William Clarkson Stanfield

Trafalgar, la tormenta perfecta. En 1805 la monarquía española de Carlos IV estaba comprometida, en virtud de los tratados de San Ildefonso y Aranjuez, a prestar ayuda financiera y militar a Napoleón. Una alianza con Francia y la victoria sobre los ingleses podía suponer quitarse de en medio a un enemigo difícil que hostigaba continuamente a la flota española en sus travesías a América y, de paso, recuperar Gibraltar. A estas alturas el lector ya habrá podido concluir que las cosas no fueron nada bien, porque Gibraltar, a día de hoy, sigue sin ser español.

Por entonces, los ambiciosos planes de Napoleón pretendían, nada más y nada menos, que invadir Inglaterra atravesando el canal de La Mancha. Para ello tenía que alejar del canal a la temible flota inglesa y así dejar expedito, a sus 200.000 hombres, el cruce de esa manga de agua que como un foso separaba a franceses y británicos. Para llevar a cabo su plan requirió la colaboración de la  Armada Española. El gobierno de Godoy envió a Cádiz al teniente general Federico Gravina y Nápoli a cargo de la flota española, para ponerse a las órdenes del vicealmirante francés Pierre Charles Silvestre de Villeneuve que conduciría las operaciones conjuntas.

Para alejar a los ingleses del canal de La Mancha, Napoleón ordenó a la flota hispano-francesa dirigirse hacia las posesiones británicas en el Caribe. A Horatio Nelson, el afamado almirante inglés, le faltó tiempo para salir detrás de la escuadra combinada, pero no llegó a interceptarla. Por el contrario, los navíos españoles y franceses, en su labor de despiste, dieron la vuelta con dirección al canal de La Mancha, pero al llegar a las costas de Finisterre, el almirante británico Robert Calder salió a su encuentro, frenando el avance hacia el canal y causando importantes bajas y daños. Era el día 22 de julio de 1805. Villeneuve debió entrar en pánico porque desoyendo a Napoleón, que mandó continuar hasta las costas francesas, decidió refugiarse en el puerto de La Coruña para reparar las naves y zarpar de nuevo hacia Cádiz. El plan de Napoleón había salido mal.

Sin embargo, como todo lo que va mal es susceptible de empeorar, Villeneuve volvió a desobedecer al emperador que, dados los acontecimientos, había decidido cambiar de estrategia. Esta vez le ordenó dirigirse a bloquear Nápoles en el Mediterráneo, mientras enviaba un sustituto al encuentro del vicealmirante díscolo, al que no tenía mucha simpatía.  

Gravina es todo genio y decisión en el combate. Si Villeneuve hubiera tenido esas cualidades, el combate de Finisterre hubiese sido una victoria completa, dijo el emperador.

Villeneuve no tiene la suficiente fuerza de carácter para comandar ni una fragata. Le falta determinación y no tiene coraje moral. Otra de las “perlas”  de Napoleón dedicada a su vicealmirante.

Y por lo que parece, el almirante francés caído en desgracia tras la derrota de Finisterre, pasó del pánico al colapso definitivo, porque decidió quedarse en Cádiz sin decidirse a zarpar. Cuando finalmente recapacitó y decidió emprender la singladura, los barómetros reflejaban que una borrasca se acercaba. Mientras, los navíos ingleses esperaban frente a las costas gaditanas. Gravina, marinero de gran talla, se lo advirtió, según nos cuenta Benito Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales:

¿No ven ustedes que el barómetro anuncia mal tiempo?, ¿no ven ustedes cómo baja?. Entonces Villeneuve dijo secamente: Lo que baja aquí es el valor.Al oír este insulto, Gravina se levantó lleno de ira y exclamó: “¡A la mar mañana mismo!.

Y así les fue. Orgullos genitales no han sido nunca buenos consejeros, o tal vez Gravina hizo caso a la recomendación de servilismo que antes de partir a Cadiz le dio Godoy:

Trague todo lo que haga falta

Cuando Villeneuve se encontró con los ingleses, mandó virar hacia el noreste, quizá para refugiarse en Cádiz y aprovechar las defensas costeras. El resultado fue un desbarajuste en la formación de  la flota que aprovechó Nelson para apresar y atacar a la armada conjunta. Pero, una vez más, lo que ya iba mal, empeoró. La borrasca anunciada por Gravina terminó con las pocas naves supervivientes a la artillería británica. Todo ocurrió en Trafalgar, a pocas millas de las costas de la localidad gaditana de Barbate, el día 21 de octubre de 1805. Era el golpe definitivo para la Armada Española, que hasta entonces estaba capacitada para defender a duras penas los intereses españoles, pero no preparada para una batalla de tanta enjundia contra una potencia del nivel de Gran Bretaña. La Armada Española estaba en el s. XIX, empobrecida y desprestigiada. Muchos de los participantes en la Batalla de Trafalgar eran marineros valientes pero no profesionales, reclutados entre aquellos jóvenes que no habían sufrido las fiebres amarillas, que por aquellos tiempos habían asolado Cádiz.

España perdió en Trafalgar el prestigio que le quedaba gracias a Nelson, a un almirante francés que dudaba de las órdenes que recibía y a una borrasca. Se quedó sin recuperar Gibraltar y para mayor escarnio, consiguió que en el mismo centro de Londres hicieran una plaza con fuente “Trafalgar square”. Tampoco contribuyó a mejorar las cosas la política posterior española, que desatendió y abandonó a la Armada provocando una lenta e implacable decadencia, todo lo contrario que Francia, que volvió a rearmarse, o que Gran Bretaña, que se convirtió en gran dominadora de los mares. Por su parte, a Napoleón no le vino mal la carambola, ya que sus 200.000 soldados, los que no pudieron cruzar el canal de La Mancha partieron hacia Austerlitz, donde derrotaron a las fuerzas rusas y austriacas, consolidando el dominio imperial francés en el continente. Sin el apoyo de esos hombres preparados a priori para invadir Inglaterra, lo más probable es que no lo hubieran conseguido.

La tempestad que terminó con buena parte de la diezmada doble flota, incluyendo los barcos apresados por los británicos -solo llegaron a Gibraltar tres o cuatro de los dieciocho capturados-, debió comenzar entre la noche del 21 y el mediodía del 22 de octubre, según se desprende de las notas que hicieron los ingleses, y duró, con más o menos intensidad, una semana.

El capitán de la fragata inglesa Henry Blackwood escribía a su esposa el día 23 de octubre: había soplado como si fuera un huracán.

Henry Walker, un guardamarina del Bellerophon, escribía a su madre: Durante la noche del 21 llegó una tempestad que nunca habíamos visto antes, y durante los cuatro días siguientes luchamos contra los elementos, mucho más duros que el enemigo.

En cuanto a las víctimas de los contendientes, siguiendo las cifras oficiales, España tuvo 1.022 muertos, Francia 2.218 y los británicos 449.

Y ¿qué fue aquella tremenda tempestad?. Según los meteorólogos actuales,  hay varias hipótesis basadas en diferentes suposiciones de las condiciones meteorológicas de aquellas fechas. Pero para la mayoría se trataría de eso que ahora denominamos “ciclogénesis explosiva”, una potente y excepecional borrasca, formada en el Atlántico, que se dirigió hacia la Península dejando vientos muy fuertes y lluvias abundantes. De haberse desarrollado antes, quizá la batalla no se hubiera producido, porque los navíos británicos hubieran tenido que dispersarse. En cualquier caso, la situación económica y política española no pintaba nada bien entonces. Tal vez la suerte ya estaba echada y en nada hubiera cambiado la historia. ©ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO/Extracto del libro EL GENERAL QUE SE ALIÓ CON LAS ARAÑAS. TORMENTAS, VOLCANES, PANDEMIAS Y OTROS FENÓMENOS NATURALES QUE CAMBIARON LA HISTORIA

La peste según Ovidio

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Ovidio

La peste según Ovidio. La segunda gran pandemia de peste negra que asoló Europa en el siglo XIV se ha considerado uno de los mayores desastres de la humanidad. Algunos cálculos estiman que murió el 60 por ciento de la población del continente. Antes, a mediados del siglo VI, la primera pandemia, la de Justiniano, se extendió por las rutas comerciales, provocando la muerte de la mitad de la población del Imperio Romano.

Pero la enfermedad, en la que ratas y pulgas son protagonistas, ya había hecho estragos en tiempos más remotos. En el mundo clásico, Ovidio, Homero, Virgilio, Dionisio de Halicarnaso o Tito Livio describieron los efectos de la peste. Especialmente aterrador, a la vez que lírico, es el relato del poeta Ovidio (43 a.C. – 17 d.C.) a propósito de la epidemia de la isla griega de Egina:

“…se abrasan primero la entrañas, y de la llama oculta es síntoma el eritema y la respiración jadeante; áspera por el ardor, se hincha la lengua; reseca por el cálido aliento, cuelga la boca abierta y las boqueadas capturan un aire pesado. No pueden soportar lecho ni ropa alguna, sino que colocan sus huesudos pechos sobre la tierra, y el cuerpo no se enfría con el suelo, más bien el suelo se calienta con el cuerpo. Y no hay quien ataje el mal, el terrible azote se desata entre los propios médicos, y su ciencia daña a quienes la ejercitan. Cuanto más cerca y con mayor dedicación atiende al enfermo, más pronto llega a compartir la muerte, y cuando se ha desvanecido la esperanza de sanar y ven en la muerte el fin de la enfermedad, se abandonan a sus instintos y no se preocupan de lo que pueda ser útil, pues nada es útil… Se les podía ver vagando medio muertos por las calles, mientras podían tenerse en pie; a otros llorar, tendidos en la tierra, y extraviar sus cansados ojos en el supremo esfuerzo; alargan sus brazos hacia las estrellas del cielo que sobre ellos se ciernen, y expiran aquí y allá, donde la muerte les sorprende. Los cuerpos sin vida no son conducidos como de costumbre en cortejos fúnebres, pues las puertas de la ciudad no admiten tantos cortejos: yacen insepultos por tierra o son arrojados sin exequias sobre gigantescas piras. Y ya no hay respeto; pelean por las piras y arden los suyos en fuego ajeno”. OVIDIO. Las Metamorfosis Libro VII©ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO/Extracto del libro EL GENERAL QUE SE ALIÓ CON LAS ARAÑAS. TORMENTAS, VOLCANES, PANDEMIAS Y OTROS FENÓMENOS NATURALES QUE CAMBIARON LA HISTORIA

El curare que mató a Juan de la Cosa

Juan de la cosa copia El curare que mató a Juan de la Cosa

Juan de la Cosa

El curare que mató a Juan de la Cosa. Marinero experimentado, cartógrafo, geógrafo de Colón y propietario de la carabela Santa María, con la que se inició la aventura española en el nuevo mundo, Juan de la Cosa era todo eso, además de uno de los marineros que más viajes realizó a las tierras azarosamente descubiertas.

Dicen que nació en Santoña (Cantabria) hacia el año 1460. No hay muchos datos de su vida hasta unos años antes de su viaje con Colón, con el que parece que no se llevaba demasiado bien. El almirante le culpó del hundimiento de la Santa María en la Nochebuena de 1492, en las costas de la actual Haití.

Bartolomé de las Casas narra cómo se produjo el accidente y cómo Juan de la Cosa abandonó el barco sin seguir las instrucciones del propio Colón. La acusación, en todo caso, estaría basada en supuestas anotaciones efectuadas por el almirante y recogidas por De las Casas. Además, resulta extraño que un marino experto abandonara la nave, que además había sido aportada por él mismo a la expedición. Más inverosímil parece que fuera el responsable del hundimiento y que acompañara a Colón en el segundo viaje a las Indias, e incluso se cree muy probable que lo hiciera en el tercero. También se dice que la reina Isabel indemnizó a Juan de la Cosa por la pérdida del navío, algo que no encaja con negligencia o cobardía. Algunos creen que Cristóbal Colón le admiraba y a la vez, envidiaba.

En el año 1500, a la vuelta de uno de sus viajes junto a Alonso de Ojeda creó, en el puerto de Santa María (Cádiz), su carta-mapamundi, en la que  aparecen todas las tierras descubiertas hasta ese momento, tanto por portugueses como por españoles, incluyendo los logros de Giovanni Cabotto, el marino veneciano al servicio de Enrique IV de Inglaterra, que tratando de llegar a Oriente se topó con la isla de Terranova y la península de Labrador.

Sin embargo, un hombre que había retado a la naturaleza muchas veces en lo más profundo del océano, fue a encontrar la muerte con el veneno de una planta. Era el año 1509 cuando de nuevo, en compañía de Ojeda, partió otra vez a América. No era éste un viaje más para el marinero cántabro, ya que iba a instalarse junto a su familia en las nuevas tierras, ostentando el cargo de alguacil mayor de Urabá, cargo hereditario concedido por Juana I de Castilla -Juana, la Loca-, en reconocimiento a todos sus logros. Sin embargo, dicen que en contra de la opinión de De la Cosa, Ojeda tomó la decisión de desembarcar en las proximidades de lo que más tarde sería Cartagena de Indias. Se sabía que en la zona existían indígenas belicosos que empleaban flechas y dardos envenenados. Salieron victoriosos de un primer encontronazo con ellos, pero Juan de la Cosa no sobrevivió a una segunda escaramuza que se produjo cerca del poblado de Turbaco (Colombia). Después de su muerte, se dijo que De la Cosa salvó la vida de Ojeda a cambio de la suya. Éste, en compañía de Diego de Nicuesa, dio muerte a la mayoría de los indígenas de Turbaco.

El veneno que mató a Juan de la Cosa recibe diferentes nombres, uno de ellos, el más conocido en Occidente, es curare. Lo obtienen algunas tribus del Amazonas desde tiempos ancestrales, a través de plantas selváticas de los géneros Chondrodendron o Strychnos. Lo empleaban, y aún se sigue empleando en algunos rincones recónditos, para impregnar las flechas usadas para cazar. Solamente resulta mortal si entra en contacto con el flujo sanguíneo, por lo que puede tocarse sin problemas si no hay una herida abierta por donde pueda penetrar. A mediados del s. XX sus propiedades se comenzaron a emplear en el ámbito clínico como anestésico.

Las víctimas de este veneno notan como sus músculos se desconectan de su mente, o lo que es lo mismo, no responden a sus deseos. La consciencia es plena mientras el veneno inhibe la comunicación entre los nervios y los músculos. La muerte se produce por asfixia, al quedar bloqueados los músculos que permiten la respiración, pero previamente se habrán paralizado los ojos y las extremidades. El cerebro ordena respirar, pero los músculos no ofrecen respuesta. Una lenta y terrible agonía contra la que no hay más solución que la respiración asistida, algo con lo que, por supuesto, no pudo contar Juan de la Cosa. ©ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO/Extracto del libro EL GENERAL QUE SE ALIÓ CON LAS ARAÑAS. TORMENTAS, VOLCANES, PANDEMIAS Y OTROS FENÓMENOS NATURALES QUE CAMBIARON LA HISTORIA

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