Quercus faginea. Quejigo, roble carrasqueño

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Bosquete de quejigos.

 

El quejigo (Quercus faginea) es un árbol perteneciente a la familia de las fagáceas, como la encina, el roble, el castaño, el haya, la coscoja o el alcornoque. Habita de forma dispersa en la mayor parte de la Península Ibérica y prefiere terrenos con cierta humedad y más templados que la encina, aunque dependiendo de la subespecie, se adapta mejor a zonas más o menos frías. 

La madera del quejigo, además de para usos tradicionales como la producción de carbón vegetal, se ha empleado por su resistencia y fortaleza en la fabricación de vigas para la construcción.

El quejigo es marcescente, es decir, pierde las hojas al llegar el otoño, pero no lo hace del todo, ya que muchas de ellas, incluso secas, permanecen adheridas a las ramas hasta el momento en que brotan las nuevas hojas. Probablemente con ello consigue proteger de las heladas los brotes tiernos que están formándose debajo de la antigua hoja.

quercus faginea Quercus faginea. Quejigo, roble carrasqueño

Quercus faginea.

Sus bellotas, similares a las de la encina, un poco menos alargadas, aparecen antes que las de esta última, por lo que son el primer alimento otoñal de los animales. Junto a las bellotas es fácil observar, en las propias ramas del quejigo o debajo del mismo, caídas en el suelo, una especie de bolas rodeadas de unas pequeñas protuberancias que mucha gente confunde con frutos.  Se trata de agallas, una especie de tumoración que genera el árbol al ser parasitadas sus yemas por  una pequeña avispilla denominada Andricus quercustozae. El insecto pertenece a la familia Cynipidae, unos himenópteros también conocidos como avispas de las agallas o avispas gallaritas. Estas introducen en algunas yemas de las ramas unos huevecillos de los que eclosionarán sus larvas.  El quejigo reacciona generando un tumor, similar a lo que ocurre en nuestra piel si se nos quedara introducida una espina. El interior de la agalla es esponjoso y en el mismo residen las larvas de la pequeña avispa que más tarde, ya desarrolladas, saldrán al exterior completando su ciclo vital.

agalla hojas secas y bellota de quejigo Quercus faginea. Quejigo, roble carrasqueño

Agalla, hojas secas y bellota de quejigo.

Las agallas se han empleado tradicionalmente para crear eficacísimas sustancias cicatrizantes y antihemorrágicas, y para elaborar  tintes con los que teñir tejidos y cuero. Son particularmente famosas las agallas de Alepo, importante ciudad de Siria, hoy tristemente famosa por los conflictos en el país. Esas agallas, creadas por una avispa pariente de Andricus quercustozae infectan  a Quercus infectoria, una variedad de quejigo que crece en Siria, Grecia, Turquía y algunas zonas de Oriente Medio. De las mismas se obtenía la famosísima tinta de Alepo, por la que ya desde el s. XII se pagaban importantes sumas, ya que se consideraba una tinta duradera de gran calidad y hermoso color azul o negro que quedaba perfectamente fijada en los trabajos de caligrafía.

En la Sierra de Guadarrama, el quejigo se asienta en algunos bosquetes de la rampa serrana, aunque de forma algo esporádica. Prefiere los suelos calizos y más humedad y frescura que la encina, con la que llega a compartir territorio en los límites de habitabilidad de ambas. ÁNGEL S. CRESPO para GUADARRAMISTAS

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A la izquierda, una encina.  A la derecha, un quejigo.