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La tragedia del príncipe don Carlos

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LOS PRISIONEROS DE FELIPE II

Felipe II de España (1527-1598) reinó durante más de cuarenta años, desde 1556 hasta su fallecimiento en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Luces y sombras dan color a aquel período, tal vez uno de los más apasionantes de la Historia de España, y sobre el que más tinta se ha vertido por parte de biógrafos, historiadores y novelistas.

María de Portugal, primera esposa del monarca, dio a luz el 8 de julio de 1545, en Valladolid, un príncipe a quien se puso el nombre de Carlos, en memoria de su abuelo, el emperador Carlos V. A los pocos días de haber dado a luz al heredero de la inmensa monarquía española, la reina falleció.

El príncipe Carlos creció sin su madre, mientras que su padre, ocupado constantemente en hacer las guerras de Inglaterra, Flandes y Alemania, no fue nunca el apoyo que necesitaba. Se crió lejos de él, bajo la dirección de los archiduques Maximiliano y María, y de la princesa doña Juana de Portugal, su tía paterna, regentes y gobernadores de España durante las ausencias de su abuelo y de su padre. Cuando Carlos V, abdicando de sus coronas en Bruselas, vino a España para retirarse en el monasterio de Yuste, a su paso por Valladolid visitó al príncipe Carlos, y según refieren casi todos los testimonios, no quedó satisfecho con la educación y el carácter de su nieto.

Precisamente de su carácter, las crónicas de la época narran aspectos inquietantes, como sus tendencias a la crueldad, que se descubren desde muy niño, cuando se entretenía destrozando con sus propias manos los conejos vivos que le traían de la caza. Quizá algún tipo de desequilibrio estaba presente en la personalidad del príncipe, pero un hecho resultó definitivo. El domingo 19 de abril de 1562, a las doce y medía del día, al bajar el príncipe por una escalera angosta del palacio arzobispal de Alcalá de Henares, se resbaló. Rodó algunos escalones y terminó golpeándose violentamente contra una puerta que se hallaba cerrada. Las heridas que recibió en el rostro y en la cabeza no parecieron necesitar de grandes cuidados, pero se complicaron después, de tal modo que pusieron en grave riesgo su vida. Fue necesario hacerle la operación del trépano, una intervención terrible y delicada, que por lo general producía unas severas consecuencias en el cerebro de quien la recibía.

Entre recaídas y con un carácter convulso y variable, violento muy a menudo hasta con las personas de su máxima confianza, el príncipe forjó la obsesión de querer partir como gobernador a los Países Bajos. Sin embargo, la decisión de Felipe II estaba tomada, lo haría el duque de Alba, al que trató de asesinar don Carlos con un puñal. Pero no quedó ahí la cosa. Intentó recaudar fondos y contar con el apoyo de don Juan de Austria, tramando su fuga a los Países Bajos, pero su padre, el todopoderoso Felipe II se enteró de la trama y ordenó el cautiverio de su hijo. Su salud física y mental se fue deteriorando y el 24 de julio de 1568 falleció, a los 23 años de edad, preso o retenido por su padre. La muerte puso fin a un serio problema para Felipe II. A partir de este momento, los rumores acerca de un posible envenenamiento fueron aprovechados desde los Países Bajos por los enemigos del rey. La leyenda negra del monarca iniciaba su imparable progreso. © ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO, basado en el libro LOS PRISIONEROS DE FELIPE II, de José Muñoz Maldonado

Esta noche se hunde el barco más poderoso del mundo

titanic fotografia principal 620x349 Esta noche se hunde el barco más poderoso del mundo

 

Son las 21 horas del día 14 de abril de 1912. Las aguas del Atlántico norte mantienen la cristalina quietud que han mostrado a lo largo del día. Los lujosos salones de primera clase acogen a los selectos pasajeros. Son buenos tiempos para los ricos, más o menos como siempre, pero quizá aún mejores. Hacía muchos años que no se vivía un período igual de paz y prosperidad, una vez aparcadas las guerras de antaño, algo que no durará mucho. Los menos afortunados tratan de buscar nuevas oportunidades en América. Para ellos, la vida sigue igual.

En el puente de mando todo es satisfacción. El Titanic, o mejor dicho, el RMS Titanic, por eso de que los británicos gustan de poner su sello real a las cosas que fabrican -las siglas significan Royal Mail Steamship, es decir, Buque de Vapor del Correo Real-, mantiene un rumbo constante y seguro desde que salió de Southampton. No estaría mal aumentar la velocidad, al fin y al cabo se trata de competir con las navieras rivales y llegar lo antes posible a Nueva York, el puerto de destino.

Sobre las once de la noche el frío comienza a ser intenso. Las aguas profundas y negras reflejan, como un espejo, un cielo raso y estrellado, propio de las noches gélidas, que lo siguen siendo en esas latitudes a pesar de estar en abril. Estas aguas son dominio de los icebergs, esos bloques de hielo que dejan asomar por encima de la superficie del agua solamente una mínima parte de su volumen, pero que por debajo adoptan formas caprichosas y bordes punzantes. La tripulación está advertida, el capitán es consciente de ello, pero se hace irresistible la tentación de seguir a toda máquina. Al fin y al cabo aún no se ha divisado ningún bloque de hielo a la deriva.

A las 23:35 horas el pasaje reposa su cena, charla, bebe y fuma, según sus posibilidades. En el Titanic se aúnan todo tipo de condiciones sociales, aunque bien compartimentadas. Algunos pasajeros ya se encuentran en sus camarotes. También el capitán Edward J. Smith se ha retirado a descansar.

El vigía Frederick Fleet descubre un blanco resplandor a unos 500 metros de distancia, un enorme iceberg de 30 metros de altura. La noche sin luna -es luna nueva- impidió que pudiera verse a más distancia. El gran témpano de hielo se muestra impasible en medio de la trayectoria del colosal Titanic. Avisa al puente de mando, donde el oficial Murdoch observa por sí mismo lo que se viene encima. Quizá por esa tendencia natural y humana a esquivar el obstáculo, ordena girar el timón y frenar el barco iniciando la marcha atrás, pero los más de 22 nudos de velocidad, unos 40 Km/hora, hacen inevitable la colisión. La maniobra evita el choque frontal, pero el resultado ha sido peor. El iceberg, cuya parte sumergida es mucho mayor que la superficial, ha causado brechas de más de 100 metros que afectan a 5 compartimentos, a una profundidad de 5 metros por debajo del agua. Quizá un choque frontal hubiera causado daños menores. Son las 23:40 horas del día 14 de abril de 1912. La suerte está decidida.

El Titanic tardó poco más de tres horas en irse a pique con sus 2.223 ocupantes, de los que 1.514 murieron. Un iceberg tuvo la culpa, o mejor dicho, un trozo de hielo se estampó contra la osadía de un capitán y una naviera que quisieron presumir de poderío y velocidad. De nada sirvieron las bengalas, las llamadas de socorro, ni los escasos botes salvavidas que se repartieron entre el pasaje, en perfecta armonía con la lucha de clases. El RMS Carpathia, un transatlántico menor, perteneciente a la compañía contra la que el Titanic competía, la Cunard Line, paradojas de la vida, llegó a las cuatro de la mañana al lugar de hundimiento. Solo pudo rescatar a los “afortunados” pasajeros de los botes. Los demás ya habían muerto arrastrados por el Titanic, ahogados o víctimas de hipotermia.

Las obras de construcción del Titanic fueron financiadas por el empresario estadounidense J.P. Morgan, bajo la dirección de los diseñadores e ingenieros William Pirrie, Alexander Carlisle y Thomas Andrews. Comenzaron en 1909 en los astilleros de la empresa Harland and Wolf de Belfast, en Irlanda del Norte. Con sus 269 metros de eslora, 28 de manga, 18 metros de altura hasta la cubierta y más de 46 toneladas de peso, su objetivo era competir con otros enormes transatlánticos como el Lusitania, de la empresa rival Cunard Line, -la del Carpathia-. Parece que el destino estaba escrito para los dos colosos. La mano de la naturaleza acabó con el Titanic, la de los hombres, en forma de torpedo alemán, unos años más tarde, lo haría con el Lusitania. © ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO. Extracto del libro EL GENERAL QUE SE ALIÓ CON LAS ARAÑAS

El tiempo de los flagelantes

PORTADA EL GENERAL QUE SE ALIÓ CON LAS ARAÑAS 198x300 El tiempo de los flagelantes

EL GENERAL QUE SE ALIÓ CON LAS ARAÑAS

Henrici de Hervordia, un dominico alemán, cuyo verdadero nombre era Heinrich von Herford (1300-1370), describió en su Liber de rebus memoriabilioribus la forma en que los flagelantes se azotaban para calmar la ira divina que, según sus creencias, era la causa de la muerte negra, o lo que es lo mismo, de la peste. Decía Hervordia:

“Cada látigo se componía de un palo en cuyo extremo se ataban tres tiras de cuero estrechas con nudos. Cada uno de ellos estaba atravesado en el centro por dos puntas metálicas, cortantes como navajas, que sobresalían en cada lado formando una cruz de longitud aproximada a un grano de trigo. Con este látigo se golpeaban su torso desnudo hasta convertirlo en una masa de carne hinchada y lacerada, que goteaba sangre abundantemente y salpicaba las paredes. Durante las flagelaciones pude ver las puntas de metal penetrar tan profundamente en la carne que era necesario tirar dos o tres veces con fuerza para poderlas sacar de donde habían quedado enganchadas”.

Los flagelantes no surgieron como consecuencia de la peste. Aunque la práctica de la autolesión o automutilación se remonta a antiguos cultos egipcios y griegos, su germen se sitúa en 1156. Ese año, el monje calabrés Joaquín de Fiore, después de una revelación divina, había pronosticado el fin del mundo, la llegada de lo que él denominaba el reino del espíritu, algo que según sus cálculos debería producirse en 1260. Casualmente, un año antes de la fatídica fecha profetizada, es decir, en 1259, Italia, que desde el siglo XII se encontraba inmersa en permanente conflicto entre güelfos y gibelinos, enfrentados por el apoyo al papa o al emperador, sufrió una hambruna generalizada como consecuencia de una serie de malas cosechas. Se daban, pues, todas las condiciones para pensar que la profecía de Joaquín de Fiore se iba a cumplir y así sus seguidores comenzaron a azotarse públicamente como acto de penitencia para estar “preparados” ante la llegada del gran día.

En 1260 no llegó el reino del espíritu vaticinado por Fiore, la vida siguió igual, pero los flagelantes continuaron con sus prácticas de ciudad en ciudad, buscando adeptos a los que aseguraban el perdón de los pecados si se adherían a sus procesiones de martirio. La Iglesia reaccionó en 1261 prohibiendo este tipo de espectáculos, fundamentalmente porque los flagelantes ya contaban con varios miles de seguidores y comenzaban a ser una amenaza herética.

En 1348 se produjo la gran epidemia de peste, momento en el que los flagelantes, que desde mediados del siglo XIII habían ido perdiendo protagonismo, vuelven a aparecer. En su opinión, la peste era un castigo divino que solamente podía combatirse aplacando la ira sagrada mediante la recreación de la pasión de Cristo. Alemania y los Países Bajos fueron su principal campo de actuación.

Flagelantes, una amenaza para la Iglesia

Los flagelantes desobedecían las órdenes del papa, apedreaban a los sacerdotes que se cruzaban en su camino y llegaron a formar procesiones de hasta un millar de fieles. Su peregrinaje duraba treinta y tres días y doce horas, un día por cada año que vivió Cristo. Abandonaban sus bienes y dejaban de lavarse. Iban de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo procesionalmente, desnudos hasta la cintura, y algunas veces enteramente desnudos, orando, recitando salmos y azotándose casi sin descanso, para obedecer las órdenes de una supuesta carta llegada, según decían ellos, del cielo, y llevada por un ángel a la iglesia de San Pedro en Roma, en la cual se leía que Jesucristo, muy irritado contra los hombres, había cedido a los ruegos de la Virgen, su madre, y de los santos, y había perdonado a los pecadores, con la condición de que habían de azotarse. La milagrosa carta era leída en público a los concurrentes, y servía eficazmente al propósito de aumentar el número de azotadores que a ellos se unían. Celebraban su ritual de flagelación dos veces. Iniciaban el mismo leyendo textos sagrados, postrándose de rodillas y azotándose al ritmo de cánticos religiosos llamados “geisslerlieder”. Las mujeres que presenciaban el rito impregnaban sus vestidos en la sangre esparcida por el suelo para después extendérsela por el rostro y los ojos, creyendo que con ello quedarían liberadas de la peste. Las propias túnicas blancas de los flagelantes empapadas en sangre eran consideradas reliquias.

Una vez más, la situación creada por los flagelantes preocupó seriamente a la Iglesia. El papa Clemente VI, considerándolo una herejía, autorizó a los príncipes y magistrados que ordenaran quemar vivos a aquellos que se flagelaran en público, además de quedar excomulgados. Pero lejos de conseguir su objetivo, los penitentes fueron en aumento. Felipe IV de Valois reprimió duramente estas prácticas en la Provenza, hasta donde habían llegado procedentes de Italia.

Mientras la peste hacía estragos, los penitentes siguieron sus andanzas, disminuyendo sus actividades cuando la violencia de la epidemia descendía. Posteriormente, la Iglesia,  tras haber ordenado la quema y excomunión de muchos de aquellos que consideraba herejes, permitió en las órdenes y congregaciones religiosas que frailes y monjas se abriesen las carnes a golpe de látigo, práctica común y aprobada gustosamente por las altas jerarquías eclesiásticas. Más de un místico y mística lo ha hecho sin reparo y para ejemplo del resto de los mortales, siendo encumbrados hasta la santidad. ©ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO. EXTRACTO DEL LIBRO EL GENERAL QUE SE ALIÓ CON LAS ARAÑAS

Breve retrato de Napoleón

Definitivo. Napoleón 225x300 Breve retrato de Napoleón

Napoleón Bonaparte

Breve retrato de Napoleón. El semblante de Napoleón es conocido de todo el mundo, así por las descripciones que de él se han hecho, como por la multitud de sus retratos que se hallan en todas partes. Tenía el cabello castaño oscuro, y el modo de llevarlo daba bien a entender que ponía en su peinado muy poco esmero. Su cara se aproximaba más a cuadrada que la del común de los hombres; sus ojos eran pardos, o más bien grises, pero llenos de expresión; los párpados bastante grandes y las cejas poco pobladas. Su nariz y su boca eran bien formadas y el labio superior algo recogido y corto. Su dentadura no era hermosa, pero al hablar apenas la descubría. En su sonrisa se notaba cierta dulzura nada común, y algunos añaden que era irresistible. El color bazo, sin el menor viso de carmín; la frente y toda la parte superior del rostro, indicaban la firmeza de su carácter e infundían respeto.

En general, la expresión dominante de sus facciones era de una cierta gravedad que rayaba en melancolía, pero sin la más leve muestra de severidad ni de aspereza. Después de muerto, adquirió su semblante un aspecto tan noble y tranquilo, que causó por su belleza la admiración de cuantos pudieron verle. Tal era la presencia de Napoleón; su carácter personal, considerado en su vida privada, era sumamente apacible a excepción de un solo caso; a saber, cuando recibía o imaginaba haber recibido algún ultraje. Entonces, y más si el ultraje recaía sobre su persona, se mostraba arrebatado y vengativo. A pesar de esto era fácil de aplacar, incluso por sus enemigos, siempre que se humillaran y sometieran a su voluntad. Pero nunca tuvo aquella especie de generosidad que sabe respetar la constancia de un valiente y noble adversario. Por otra parte, ninguno recompensaba con mayor liberalidad los servicios de sus amigos. Era buen esposo, buen pariente, y siempre que no mediase alguna poderosa razón de estado, excelente hermano.

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Los últimos momentos en la vida de Napoleón. Sus reflexiones, su lucha con la enfermedad y su testamento.

El general Gourgaud, cuyo dictamen no siempre es favorable a Napoleón, dice que era el mejor de los amos; que aprovechaba cuantas ocasiones se ofrecían de hacer mercedes a sus criados, encareciendo las buenas cualidades que tenían y atribuyéndoles a veces las que no tenían en realidad. Había en su carácter cierta dulzura que tocaba en cordialidad, notándose en él una viva conmoción cuando recorría a caballo los campos de batalla, que su ambición dejaba poblados de muertos y moribundos; y no solamente deseaba socorrer a éstos, dando al efecto órdenes que no siempre se observaban, sino que se advertía en él a las claras aquella vehemente simpatía que se llama sensibilidad. Solía referir él mismo cierta anécdota, la cual manifiesta que su alma no era inaccesible a los sentimientos de compasión y ternura. Al tiempo que atravesaba en compañía de algunos de sus generales un campo de batalla en la guerra de Lombardía, vio un perro tendido sobre el cuerpo de su amo. Así que los descubrió aquel pobre animal, se adelantó corriendo hacia ellos, y después se volvió junto al cadáver, como pidiendo socorro.

“—Bien sea, —dice el emperador—, la disposición particular en que entonces me hallase, bien sea que influyesen en mí el lugar, la hora, el tiempo, o el acto por sí sólo, o, en fin, alguna otra causa desconocida, lo cierto es que ningún incidente de ninguna otra batalla ha causado en mí una impresión semejante. Detúveme involuntariamente a contemplar aquel espectáculo, diciendo entre mí, aunque este hombre tendría tal vez amigos, yace aquí abandonado de todos menos de su perro. ¡Quién llegará a comprender lo que es el hombre!. ¡Quién nos revelará el misterio de sus impresiones!. ¡Cuántas batallas había dado sin la menor conmoción, y tan importantes que la suerte de mi ejército dependía de ellas!.¡Cuántas veces había visto con ojos serenos ejecutar movimientos que forzosamente producirían la pérdida de muchos de nosotros! y, sin embargo, en esta ocasión me sentí enternecido por la aflicción y los aullidos de un perro. Es indudable que en aquel punto las súplicas de cualquier enemigo hubieran sido en mí de grande eficacia, y entonces llegué a concebir mejor que nunca la situación del ánimo de Aquiles, cuando movido de las lágrimas de Príamo, le mandó entregar el cuerpo de Héctor, su hijo”.

Esta anécdota demuestra que el alma de Napoleón era capaz de sentimientos de humanidad; pero que sabía dominarlos por los rígidos preceptos del entusiasmo militar. Solía decir en su lenguaje expresivo que el corazón de un político debía estar en la cabeza, sí bien alguna vez reconoció en sí mismo, con harta sorpresa suya, que ocupaba lugar muy diferente. © (EXTRACTO DEL LIBRO LOS ÚLTIMOS DÍAS DE NAPOLEÓN. WALTER SCOTT. GUADARRAMISTAS EDITORIAL) 

Veraneantes de principios del siglo XX

1280px La Iglesia Miraflores de la Sierra y al fondo La Najarra 1024x682 Veraneantes de principios del siglo XX
Miraflores de la Sierra. © de la foto, Ayuntamiento de Miraflores de la Sierra

El verbo veranear está en franca decadencia. Ahora es difícil escuchar expresiones como “irse de veraneo” o “veraneantes”. Ni siquiera nos vamos de vacaciones, lo hemos reducido a pasar unos días o tomarnos unos días de descanso. Pero antes, veranear significaba pasar el verano, entero, con sus tres meses, fuera del domicilio habitual. Y ello, entonces, como ahora, solamente lo podían hacer unos cuantos privilegiados que, por ejemplo, tenían en los pueblos de la sierra de Guadarrama sus residencias de verano. Sobre estos veraneantes, opinaba así Alberto de Segovia en 1910. El pueblo al que se refiere es Miraflores de la Sierra, antiguamente denominado Porquerizas. Dice así el texto:

“Da lástima contemplar el uso estético que hacen de la sierra la mayoría de las “distinguidas”, de las “respetables” familias que veranean en sus distintos pueblecitos. Me explicaré con un ejemplo que citaré a modo de historia clínica, para estudiar la patología de las colonias veraniegas. En el valle del Manzanares hay un pueblo bastante bonito que antes tuvo nombre relacionado con los cerdos y hoy lo tiene relacionado con flores. En ese pueblo veranean un serie de familias de bastante buena posición social y económica. Hay varios hoteles -el autor se refiere a residencias de verano o chalets-, algunos muy elegantes y valiosos. En fin, que es un pueblo, si no de la importancia veraniega de Cercedilla, el Escorial, Las Navas, ni otros así, de una importancia más o menos como la de Villalba, Torrelodones, Robledo de Chavela, etc.

¿Quiere saber el lector en qué consiste el genero de vida que hacen estas familias durante los meses de estío?. Yo lo sé de buena tinta, porque lo he presenciado las veces que he ido a ese pueblo en mis correrías por la sierra. Se levantan de la cama al medio día, almuerzan, duermen la siesta, dan un paseíto minúsculo -inferior al menor que podrían dar y que darán en Madrid- hasta una fuente próxima o sitio determinado de igual manera y al casino a bailar hasta la hora de comer. Terminada la comida, otra vez al salón de baile hasta bien avanzada la madrugada. ¿Qué le parece al lector esto?.

Y tenga en cuenta que ese pueblo tiene alrededores magníficos para hermosos paseos y excursiones para interesantes ascensiones; pero esos alrededores permanecen vírgenes de la exploración de los veraneantes. Veraneantes que prefieren la atmósfera asquerosa y mal oliente del casino -estos casinos rurales, sin ninguna de las ventajas y con todos los inconvenientes del verdadero casino-, a la atmósfera deliciosa, incomparable del campo que tienen a dos pasos del hotel. Esta es la vida corriente, acostumbrada, de muchas, de muchísimas familias de esas colonias veraniegas(…) A estas gentes tan desprovistas de sentido ideal de la vida que en este caso concreto es, a la vez, sentido práctico, darles la sierra es lo mismo, como dice sabio y duro el refrán castellano, que echar margaritas a los puercos(…) (Alberto de Segovia. Divagación. 1910. (© GUADARRAMISTAS EDITORIAL. Texto incluido en el libro MIL GUADARRAMAS. LA SIERRA HECHA PALABRA. Pincha en este enlace para conocer más sobre este libro)

La pena de galeras

La Real. Reconstrucción La pena de galeras

Galera La Real

Nada apetecible ofrecía la galera para alistarse voluntariamente en ella, salvo una cosa, que quien lo hiciera fuera buscando un lugar donde ocultarse de la Justicia, de los acreedores o de los ajustes de cuentas. Al margen de estos hombres que de forma voluntaria se enrolaban como remeros y a los que se denominaba buenas boyas, solamente esclavos y condenados por la justicia a la pena de galeras, en muchos casos por infracciones o delitos leves que no merecían semejante castigo, se sentaban en los bancos de boga. Así pues, en la galera, junto al resto de la tripulación, concurrían remando hombres libres que se ocultaban de la justicia junto a condenados por cuestiones poco relevantes y otros penados por delitos graves.

Otro de los escasos motivos por los que alistarse voluntariamente en una galera era huir de la enfermedad. En 1590, la cuarta parte de la población de Barcelona murió como consecuencia de un brote de peste. Permanecer en la ciudad era apostar por contraer la terrible enfermedad.

Los condenados a galeras, los galeotes, lo eran como consecuencia de una disposición legal que regulaba la pena de galeras y que  se aplicó en toda España desde 1530, siendo rey Carlos I. Hacían falta hombres para defender las costas españolas de los ataques berberiscos y otomanos, así que en unos tiempos en los que no se concebía alimentar y mantener a un preso sin que hiciera “algo” a cambio, la galera era el destino ideal.

La norma establecía dos años como mínimo por una mera razón práctica. El primer año, si el galeote sobrevivía, aprendía a bogar, así que, por lo menos, se le exigía un año más para obtener su rendimiento, eso en teoría, porque por lo general, la pena duraba cinco años como mínimo, y los motivos por los que imponerla se fueron ampliando hasta el punto de que la condena recaía por cualquier nimiedad. Solamente quedaban exentos de ella, por recomendación del Santo Oficio, las mujeres y los mayores de sesenta años, básicamente porque ni unas, ni otros tenían fuerza suficiente para manejar aquellos remos y, por razones que huelga explicar, los clérigos, siempre que no dejaran de serlo por resultar expulsados de su orden. También los nobles estaban eximidos de la pena de galeras, aunque no de embarcar en ellas como hombres de guerra. Los enfermos tampoco eran condenados al remo, se decía que por no agravar su estado de salud, sin embargo, en compensación, recibían una buena dosis de azotes que no parece que ayudara a mejorarla. En resumen, razones de utilitarismo sin más  ©MARCOS SAMPER, autor del libro A GALERAS A REMAR. LA VIDA COTIDIANA EN LAS GALERAS ESPAÑOLAS DE LOS SIGLOS XVI Y XVII. (Descubre más sobre este libro, pinchando en este enlace)

¿Quiere vivir mucho tiempo? Hágase papa

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Gregorio el Magno

¿Quiere vivir mucho tiempo? Hágase papa. Malaria, difteria, viruela, neumonía, polio, disentería… y la temible peste bubónica. Nulos conocimientos de medicina, y menos inclinación aún hacia la higiene. Así fue Europa hasta el siglo XIX, e Italia, sede de los papas, no era una excepción. Y sin embargo, los pontífices escaparon a la baja esperanza de vida común a sus contemporáneos. Si hacemos la media de los registros de edad verdaderamente fiables, los que van del siglo XVI a nuestros días, comprobamos que vivieron hasta una media de 78 años. Longevidad que puede llevar a error, porque nada tuvo que ver con sus condiciones de salud. Gregorio el Magno pasó los últimos once meses de su vida sin levantarse de la cama, debido a la gota. A Sisino tuvieron que darle de comer desde el primer día en que se sentó en el trono de San Pedro. Tenía tan deformadas las manos por la acumulación de ácido úrico que ya no podía utilizarlas.

En realidad, hay una razón clara para que los papas llegaran a ser tan viejos, y para que la mayoría padecieran enfermedades geriátricas. Y ello está relacionado con la decisión de Esteban III, que en el siglo VIII decidió que los pontífices debían ser elegidos, únicamente, entre los cardenales. La medida era un intento de que ningún rey interfiriera en la Iglesia. En aquel entonces, estos miembros del alto clero residían sólo en Roma, gestionando el inmenso patrimonio asociado a las iglesias de la ciudad: tesoros en oro, plata y piedras preciosas, propiedades inmobiliarias, donaciones, impuestos e inmensos latifundios. Ello les convertía en los más interesados en proteger los intereses romanos, especialmente de la ambición de los reyes extranjeros. Es tanto como decir que eran los candidatos idóneos para ser papas. Naturalmente, no era fácil para quien se iniciaba como simple sacerdote en un templo romano, llegar al puesto de máxima responsabilidad, el de cardenal. Había que pasar por todos los rangos y, sobre todo, vivir lo suficiente como para ello. Rara vez los cardenales eran más jóvenes de 55 años. Y si lo eran, se les descartaba como candidatos al trono de la Iglesia.

La costumbre no escrita de elegir por papa al cardenal de mayor edad o menor salud se inició, por tanto, en el siglo VIII, durante el papado de Esteban III. Y se ha respetado hasta nuestros días con pocas excepciones. Cuanto mayor sea un pontífice, antes morirá, dando mayor posibilidad de serlo al resto de cardenales. Por tanto, no es que los papas sean muy longevos. Es que nadie que no llegue a viejo tendrá demasiadas posibilidades de serlo.         © MARTÍN SACRISTÁN TORDESILLAS, autor del libro SU SANTIDAD PECADORA. SI TE HA GUSTADO ESTE ARTÍCULO, CONOCE MUCHAS MÁS ANÉCDOTAS Y CURIOSIDADES SORPRENDENTES SOBRE LA HISTORIA DEL PAPADO EN SU LIBRO “SU SANTIDAD PECADORA. SECRETOS DE LOS PAPAS DE ROMA

El año sin verano

resized 650x365 origimage 586318 El año sin verano

El año sin verano. La noche del 12 de mayo de 1816, la ciudad de Quebec estaba helada como solía estarlo en diciembre, y el 14 amaneció cubierta de nieve. El día 6 de junio la ciudad de Nueva York, completamente cubierta por un manto blanco, presentaba un aspecto navideño. En apenas unas horas las temperaturas habían descendido 20ºC. En los campos de América del norte, las ovejas recién esquiladas morían de frío y al llegar el mes de julio, la sensación era la misma que otros años al final del verano. En China, el río Yangtsé se desbordó y el río Amarillo provocó con sus inundaciones más de cien mil muertos.

Por aquellas fechas, Mary Shelley y su esposo Percy, junto a la hermanastra política de Mary, Claire Clairmont, se encontraban en Suiza. Allí coincidieron, en los alrededores del lago de Ginebra -Lemán- con Lord Byron. El tiempo, excepcionalmente frío y lluvioso, no invitaba a salir al exterior, así que las veladas al calor del fuego se repetían en Villa Diodati, la residencia de Byron. Es allí donde el excéntrico escritor propone a sus invitados que cada uno de ellos escriba un relato de terror. La idea no pareció convencer a todos, pero sí a Mary. Ese mismo verano de 1816, Mary Shelley ya tenia un esbozo de su relato Frankenstein.

¿A qué se debía esta excepcional ola de frío en pleno verano? El 5 de abril de 1815, el volcán Tambora, situado en la Isla de Sumbawa al este de Java, en Indonesia, entró en erupción. El estruendo se escuchó a más de 1.000 Km de distancia y fue confundido inicialmente con cañonazos. La columna de cenizas y humo disipó pronto las dudas. Sin embargo, lo peor estaba por llegar. Los días posteriores, de relativa calma, no hacían sospechar lo que se se avecinaba. La erupción del día 5 era solo el primer estornudo de un volcán de más de 4.000 metros de altura. Las enormes presiones de gases sobre la lava contenida en el subsuelo provocaron una segunda erupción cinco días después. Metros de cenizas cubrieron los suelos y una ingente cantidad de lava arrasó todo cuanto encontró a su paso. Como consecuencia de la erupción del Tambora murieron decenas de miles de personas, -se calcula que unas 70.000-, tanto por efecto directo de la explosión como del tsunami que se originó.

Después de unos meses de sucesivas erupciones, el Tambora, que tenía 4.300 metros de altura, pasó a tener 2.850. Más de 1.500 metros de volcán, junto a las cenizas que emitieron las erupciones, fueron lanzadas por los aires alcanzando la estratosfera. Estas partículas de polvo supusieron una barrera para los rayos solares. Como consecuencia, las temperaturas descendieron, aunque quizá no deba atribuirse exclusivamente al Tambora la responsabilidad de aquel frío verano. También se sabe que durante las primeras décadas del s. XIX se produjo un período de baja actividad solar, lo cual tuvo que influir también en la bajada de temperaturas que, por otra parte, ha sido objeto de exageración. Es muy posible que la confluencia de ambos factores determinara que el verano del año 1816 fuera especialmente frío, pero no solamente ese verano, también otras estaciones en los siguientes años.

Hasta mediados del s. XIX, en el que las temperaturas comenzaron a subir globalmente, el hemisferio norte llevaba siglos con una media más baja que la que se había mantenido hasta el s. XIV. Entre este último y mediados del XIX se especula que debido a cambios en la actividad solar, entre otras causas, Europa y todo el hemisferio norte vivió lo que se ha denominado Pequeña Edad de Hielo. En España, los glaciares pirenaicos aumentaron de tamaño y las inundaciones por crecidas de los ríos fueron recurrentes. Especialmente gélidos fueron los años 1788 y 1789. ©ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO/Extracto del libro EL GENERAL QUE SE ALIÓ CON LAS ARAÑAS. TORMENTAS, VOLCANES, PANDEMIAS Y OTROS FENÓMENOS NATURALES QUE CAMBIARON LA HISTORIA

El Sexmo de Lozoya

Valle del Lozoya El Sexmo de Lozoya

El Sexmo de Lozoya

El Sexmo de Lozoya. Después de una largo período de luchas entre cristianos y musulmanes, a finales del s.XI, Alfonso VI  había conseguido hacerse con las tierras situadas a ambos lados del Sistema central. Los territorios de lo que actualmente es Madrid, Guadalajara o Toledo, eran extensas zonas despobladas y sin ley que había que administrar, algo que se hizo a través de las denominadas Comunidades de Tierra y Villa.

En el ámbito territorial de la Sierra de Guadarrama se creó la todopoderosa Comunidad de la Ciudad y Tierra de Segovia. Las doscientas aldeas a su cargo debían ser gestionadas de una manera eficiente, así que nada mejor que descentralizar todo aquel poder y repartirlo en unidades administrativas menores, algo muy parecido a los que los suizos hacen con sus cantones. Para ello se formaron los llamados sexmos, cuya finalidad era recaudar tributos, gestionar el patrimonio común y arreglar los pleitos entre los pobladores.

La Comunidad de la Ciudad y Tierra de Segovia estaba dividida en trece sexmos y extendía sus dominios a territorios tan alejados de la Sierra de Guadarrama y de la propia ciudad de Segovia como Valdemoro (Madrid). Los sexmos de la zona sur de la Sierra de Guadarrama eran los siguientes: Manzanares, Tajuña, Casarrubios, Valdemoro y el sexmo de Lozoya, que se componía de las siguientes poblaciones, entonces aldeas: Rascafría, Oteruelo, Alameda, Pinilla, Canencia, Bustarviejo, Lozoya, y más tarde, Navalafuente y Valdemanco.

Probablemente no hayamos disfrutado a lo largo de la historia de una organización más democrática que los sexmos. Desde luego no había lugar a eso que llamamos ahora “listas cerradas”. El máximo representante del sexmo era el procurador de Tierra, también llamado procurador común o sexmero mayor. El cargo solamente podía recaer en un vecino sabio, es decir, con experiencia en los asuntos de los pueblos. Debía ser de buena fama, crédito y opinión, sin pertenecer a la nobleza.  Sus intereses particulares no podían ser superiores a los de cualquier otro vecino, o lo que es lo mismo, debía actuar como un vecino más en lo cotidiano, con pleno conocimiento de los problemas de los demás convecinos. Los montes, pastos, caza y aprovechamientos naturales se gestionaban en un régimen muy similar al de las cooperativas y, por supuesto, eran comunales. Los jueces eran nombrados por elección popular. Para terminar, el lema del sexmo era el siguiente “nadie más que nadie”.

Los sexmos,  como institución administrativa, se mantuvieron durante casi ocho siglos, hasta la práctica desaparición, en el s. XIX, de las Comunidades de Villa y Tierra. Sin embargo, algunas pequeñas facultades en el ámbito de la gestión de leñas y pastos comunes siguieron manteniéndose y han llegado hasta nuestros días. Actualmente, se mantienen once sexmos, que gestionan unas cuantas hectáreas y que integran la Comunidad de Segovia. De esa comunidad sigue formando parte el sexmo de Lozoya, en el que el sexmero mayor es el alcalde. Hoy día, el sexmo solamente se reúne para tratar pequeñas cuestiones de usos y aprovechamientos comunales. ÁNGEL S. CRESPO para GUADARRAMISTAS. (SI TE HA GUSTADO ESTE ARTÍCULO, PODRÁS DISFRUTAR DE MUCHOS MÁS CON AMPLIOS CONTENIDOS EN NUESTRO LIBRO “101 CURIOSIDADES DE LA HISTORIA DE LA SIERRA DE GUADARRAMA QUE NO TE PUEDES PERDER”).

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