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Lo que tuvo que ver un volcán en el inicio de la Revolución Francesa

hqdefault 300x225 Lo que tuvo que ver un volcán en el inicio de la Revolución Francesa

Lo que tuvo que ver un volcán en el inicio de la Revolución Francesa. Entre 1789 y 1799 Francia vivió un momento clave para la historia de Occidente. La Revolución Francesa estableció un nuevo equilibrio social, basado en unos principios que hoy son la base de los sistemas democráticos. Paradójicamente, la transformación tuvo poco de democrática, la mayor parte de sus protagonistas fueron guillotinados tras unos juicios que no eran precisamente un modelo de proceso con todas sus garantías.

La presunción de culpabilidad campaba a sus anchas. Se era culpable, tanto por lo que se decía como por lo que se omitía, por ser moderado cuando había que ser extremado, o por no ser todo lo extremado que se esperaba, y también por todo lo contrario. Las revueltas comenzaron por la más importante de las causas de descontento de un pueblo, el hambre. Y la responsabilidad de ello, curiosamente, fue de un volcán.

En 1783, el volcán islandés Laki, situado entre el Hecla y el gran glaciar de Eyjafjallajokull, registró una erupción con tal emisión de cenizas que asoló Islandia, provocando la muerte del ganado y de más de la mitad de la población. Las cenizas influyeron en el clima de esos años en el resto de Europa. Los efectos se dejaron notar en las cosechas, pobres e insuficientes para alimentar a aquellas gentes que tenían en el pan su alimento primordial. El descontento social, unas clases dominantes ajenas al hambre que estaba sufriendo el pueblo, y unos reyes enfrascados en los quehaceres frívolos de la Corte, dieron como resultado las revueltas con las que se originaría la Revolución Francesa.  ©ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO/Extracto del libro EL GENERAL QUE SE ALIÓ CON LAS ARAÑAS. TORMENTAS, VOLCANES, PANDEMIAS Y OTROS FENÓMENOS NATURALES QUE CAMBIARON LA HISTORIA

El general que se alió con las arañas

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Retrato del general Pichegru

El general que se alió con las arañas. Al comenzar el invierno de 1794, Quatremère Disjonval, un francés que había nacido cuarenta años atrás en París, se encontraba recluido en la prisión de Utrecht.

Hombre de naturaleza curiosa, -no había palillo que no tocara-, escribía obras de física y química, era miembro de la Academia de Ciencias de París, había regentado una fábrica de tintes y estampaciones en Sedán, y no desdeñaba meterse en política, motivo este último por el que los orangistas de los Países Bajos lo mantenían encarcelado. Corrían tiempos revolucionarios en Francia y los monárquicos de toda Europa tenían sus más y su menos con la República Francesa, que acababa de rebanarle la cabeza a Luis XVI y a su esposa María Antonieta.

Allí, en los Países Bajos, los orangistas, partidarios de Guillermo V de Orange, estaban enfrentados a los denominados patriotas, afines a las ideas ilustradas y revolucionarias francesas, que esperaban como agua de mayo que la República les echara una mano para hacerse con el control de la situación.

También esperaba a sus compatriotas nuestro amigo Disjonval, que mataba el rato observando la multitud de telas de araña con sus correspondientes propietarias que se amontonaban en los techos de su celda. Con tanto tiempo y con una personalidad algo obsesiva, por lo que se deduce de su comportamiento, llegó a elaborar una perfecta teoría sobre los cambios meteorológicos, basándose en la consistencia de las telas y en el comportamiento de las arañas. Tanto es así, que se hizo famoso en la prisión y fuera de ella por lo acertado de sus pronósticos.

Y como el saber no ocupa lugar y la paciencia es la madre de la ciencia,  a Quatremère Disjonval le llegó el momento de sacar partido a los más de dos años que había dedicado a observar arácnidos.

En el frío invierno de 1794 las tropas francesas del General Jean Charles Pichegru se encuentran en los Países Bajos. Disjonval había hecho su previsión. Auguraba un riguroso invierno, que en diciembre convertiría en hielo los ríos y canales. Esta información, gracias a cierta permisividad de los carceleros, llegó al general Pichegru.

Efectivamente, en diciembre de 1794, el ejército francés cruzó sin dificultad a pie sobre las aguas heladas del río Waal. El 15 de enero, las tropas entraron en Utrecht  y pudieron liberar a Disjonval. Sin embargo, un repentino aumento de las temperaturas hizo temer por la vida de los soldados franceses que seguían cruzando por aquellos ríos y canales aún helados. Pichegru solicitó al meteorólogo aracnólogo nueva información sobre el tiempo previsto para los días siguientes, y éste le aseguró que un nuevo temporal de frío se avecinaba, por lo que las aguas seguirían convertidas en hielo.

A juicio de los oficiales galos, fiarse de las arañas no parecía aconsejable, pero Pichegru hizo caso a los pronósticos, y con temperaturas de -17Cº los franceses derrotaron a la escuadra holandesa, bloqueada por los hielos y sin posibilidad de maniobra, hasta el punto de que los abordajes a las embarcaciones fueron hechos por la caballería francesa cabalgando sobre las congeladas aguas.

Como resultado, los patriotas vencieron a los orangistas y se hicieron con el control de las denominadas Provincias Unidas que desde 1579 conformaban las siete provincias del norte: Utrecht, Zelanda, Overijssel, Güeldres, Holanda, Groninga y Frisia. Guillermo se vio obligado a refugiarse en Gran Bretaña, y al acontecimiento se bautizó como Revolución Bátava -los revolucionarios de los Países Bajos eran conocidos como bátavos. Los bátavos eran un pueblo germánico que ocupaba la región de Batavia, situada a orillas del Waal, un río que es un brazo del Rin. A ellos se refiere Tácito y Julio César en sus conocidas Guerras de las Galias-.

Por supuesto, los franceses no hicieron la campaña a cambio de nada. La República Bátava quedó sometida a Francia, que nunca permitió la formación de un verdadero estado. Los avatares de esta república terminaron en 1805 cuando Napoleón la disolvió creando el Reino de Holanda, un nuevo reino donde colocar a uno de sus hermanos, en este caso, Luis Napoleón Bonaparte.

Los animales y la meteorología

La predicción del tiempo meteorológico, a través de los animales y plantas es algo tan antiguo como la humanidad. Es cierto que hay muchas teorías sin ningún tipo de justificación científica, como ese famoso día norteamericano de la marmota que se ha convertido en un acontecimiento festivo sin más. Sin embargo, hay  algunos comportamientos animales de los que se derivan predicciones meteorológicas que sí tienen fundamento para la ciencia.

Parece comprobado que el tiempo empeorará en tierra si las golondrinas vuelan bajo, y lo hará en el mar si las gaviotas vuelan alto, dirigiéndose desde el mar hacia tierra. Que habrá tormenta si las ocas muestran agitación y baten las alas, o si las hormigas se alborotan y pierden su habitual orden.

Por supuesto, no podemos dejar de referirnos al grajo, todo un clásico; “Cuando el grajo vuela bajo hace un frío del carajo”, afirmación que se completa con otras rimas similares “si vuela rasante, hace un frío acojonante”, y “si se posa en los balcones…”. Superado el dudoso gusto de las expresiones, se puede decir que ello es totalmente cierto, aunque, en este caso, más que un pronóstico es una constatación. Ocurre que las bajas presiones que traen lluvias y tiempo desapacible impiden que el aire caliente sea aprovechado por las aves para ascender y dejarse llevar con facilidad, por lo que su vuelo necesita más esfuerzo y lo hacen a menor altura que cuando el tiempo es cálido y anticiclónico.

Pero, sin duda, las arañas son especialmente sensibles a los cambios en el tiempo meteorológico. Si rompen sus redes o las abandonan es muy probable que haya fuerte viento o tempestad, aunque a veces las tensan o la construyen más cortas para evitar que se rompan. Si se esconden  temporalmente alejándose de ellas, la tormenta puede estar cerca. Si salen de sus rincones hacia lugares iluminados hará buen tiempo, lo mismo que si las tejen al atardecer; y si las temperaturas van a bajar bruscamente  desaparecen buscando rincones y refugios donde ocultarse. ©ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO/Extracto del libro EL GENERAL QUE SE ALIÓ CON LAS ARAÑAS. TORMENTAS, VOLCANES, PANDEMIAS Y OTROS FENÓMENOS NATURALES QUE CAMBIARON LA HISTORIA

El Ventisquero de la Condesa

Ventisquero de la Condesa al pie de las antenas del Alto de las GuarramillasAlto de copia1 1024x768 El Ventisquero de la Condesa

Ventisquero de la Condesa al pie de las antenas del Alto de las Guarramillas

El Ventisquero de la Condesa está situado en la vertiente este del Alto de las Guarramillas, también conocido como Bola del Mundo, en la Sierra de Guadarrama. Este ventisquero y los arroyos cercanos al mismo son el origen del río Manzanares.

Hasta que la electricidad no permitió crear máquinas adecuadas para fabricar hielo, la obtención del mismo se llevaba a cabo directamente de la montaña. Los ventisqueros, como el Ventisquero de la Condesa eran los lugares idóneos para obtener la nieve acumulada durante el invierno.

Además de para conservar alimentos,  el hielo era utilizado por médicos y farmacéuticos con fines terapéuticos como rebajar fiebres o inflamaciones. También se hizo muy popular en las grandes ciudades, especialmente a partir del s.XVII, la costumbre de tomar granizados y refrescos, lo que aumentó aún más la demanda ya existente.

Gracias a la nieve, a los ventisqueros y a los pozos de nieve que se crearon al pie de los ventisqueros y en las ciudades de destino para la conservación y almacenaje, se amasaron grandes fortunas. Los privilegiados concesionarios de estas actividades fueron los “empresarios de moda” en su época. Los hubo por toda España, algunos tan conocidos y poderosos como Pedro Xarquíes, gran empresario de origen catalán que a comienzos del s. XVII abasteció a la villa y corte de Madrid con nieve de la Sierra de Guadarrama. Llegó a crear una red de pozos en la propia capital y en municipios aledaños como Valdemoro o Alcalá de Henares. La nieve era extraída por la empresa de Xarquíes del Ventisquero del Ratón y otros próximos situados en La Najarra, elevación montañosa donde se ubica el Puerto de La Morcuera.

En el caso del Ventisquero de la Condesa, la propiedad era de la todopoderosa familia Mendoza. En concreto, la condesa que da nombre al ventisquero era Doña Francisca del Silva y Mendoza, Marquesa de Santillana y Condesa del Real de Manzanares (1707-1770). Todavía se conserva en el ventisquero un murete de piedra que servía para contener la nieve y hacer más fácil su acumulación y extracción. En el Ventisquero de la Condesa tiene su origen el Río Manzanares que se nutre de diferentes arroyos y arroyuelos de la zona, discurriendo por tierras madrileñas en un recorrido de más 90 Km  hasta encontrarse con el Jarama, a la altura de Rivas-Vaciamadrid. ÁNGEL S. CRESPO para GUADARRAMISTAS. (SI TE HA GUSTADO ESTE ARTÍCULO, PODRÁS DISFRUTAR DE MUCHOS MÁS CON AMPLIOS CONTENIDOS EN NUESTRO LIBRO “101 CURIOSIDADES DE LA HISTORIA DE LA SIERRA DE GUADARRAMA QUE NO TE PUEDES PERDER”).

Aspecto del ventisquero a mediados del mes de julio 1024x681 El Ventisquero de la Condesa

Aspecto del ventisquero a mediados del mes de julio

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