De pastelero a rey de Portugal, un impostor a la española

207673 cuadrada 0 De pastelero a rey de Portugal, un impostor a la española

El rey, don Sebastián de Portugal

De pastelero a rey de Portugal, un impostor a la española. El 11 de junio de 1577 falleció el rey Juan III de Portugal. Le sucedió Sebastián I, que se convirtió en un joven y brioso guerrero con ganas de combatir. Una circunstancia vino a fijar de un modo perenne su designio. Había sido Muley Mahomet, rey de Fez y de Marruecos, despojado de su trono por su tío Abd el Molik, conocido por Muley Moluc o Maluko. El destronado rey imploró el auxilio de don Sebastián, prometiéndole  grandes posesiones en África. Don Sebastián acogió su proyecto y quiso hacer entrar en él al rey Felipe II, su tío, quien predijo a su desgraciado sobrino el resultado de la empresa, pero éste, resuelto a llevarla a cabo, se embarcó en ella y pereció en la batalla a los 25 años de edad.

Entre los cristianos que lograron sobrevivir llegó un grupo a la ciudad de Arcila, cuyas puertas estaban cerradas. Al no querer abrirles y ante el peligro que corrían, uno de ellos mencionó que les acompañaba el rey don Sebastián. Solo así consiguieron que se abrieran las puertas de la villa y comenzó a difundirse el bulo de que el rey de Portugal seguía vivo.

Pero la verdadera muerte del rey Sebastián precipitó, tras una serie de acontecimientos, la guerra entre los candidatos al trono: Felipe II y el Prior de Crato, Antonio de Portugal. Una vez tomada Lisboa, Felipe II fue proclamado rey de Portugal el 12 de septiembre de 1580 con el nombre de Felipe I de Portugal. Pero, el agustino Fray  Miguel de los Santos, portugués, mantenía fija en su cabeza la idea de devolver el trono a don Antonio de Portugal. Vivía en Madrigal -Ávila-, bajo la atenta supervisión del  poder de  Felipe II.

Un día, Fray Miguel pasó por delante de la tienda de pastelería de Gabriel de Espinosa, en Madrigal. Se quedó parado y sorprendido al verlo. Le preguntó el pastelero qué era lo que tanto le llamaba en él la atención, y si podía en algo complacerle. El fraile agustino le expresó que su mirada, sus maneras, el eco de su voz, todo le recordaba y le hacía ver que tenía en su presencia a don Sebastián. Le convenció para hacerse pasar por el fallecido rey, pero necesitaba otro personaje más para urdir su trama, doña Ana de Austria, una señora joven, sencilla, que sin vocación alguna para el claustro en donde la había sepultado la política de su tío Felipe II. La cándida y sencilla doña Ana era una mina inapreciable que podía explotar el religioso para sus proyectos. Hizo que ambos se conocieran, y ella quedó prendada de su rey pastelero. Por su parte, al pastelero rey se le abría un mundo de posibilidades. De momento, recibió dinero y joyas de la incauta.

PORTADA LOS PRISIONEROS DE FELIPE II copia 400x610 De pastelero a rey de Portugal, un impostor a la española

LOS PRISIONEROS DE FELIPE II

Pero las farsas suelen terminar mal. El pastelero viajó a Valladolid, gastó parte de su dinero y contrató los servicios de una prostituta a la que enseñó las joyas que llevaba. Ésta sospechó y se presentó en casa de un alcalde del crimen de aquella chancillería, don Rodrigo Santillán. La mujer le dio parte de que existía en Valladolid un hombre que había estado en su casa, que llevaba ricas alhajas, y que a pesar de que le había hecho varias confidencias, no quiso decirle la posada en que moraba.

El asunto se destapó, Felipe II intervino y,  uno tras otro, todos fueron declarando la verdad, aunque fray Miguel necesitó de tormento para reconocer que todo había sido tramado por él. El pastelero Gabriel Espinosa fue ejecutado, Fray Miguel, después de ser despojado de su condición eclesiástica fue ahorcado, y la pobre doña Ana recluida en un convento más apartado y triste que aquel en donde rumiaba su pena cuando se le presentó la ocasión de casarse con un rey.  © Del libro LOS PRISIONEROS DE FELIPE II. Conoce más detalles de esta increíble historia y otras, igual o más sorprendentes, en este libro de José Muñoz Maldonado

El escarabajo de nariz sangrante

 

IMG 0813 1024x682 El escarabajo de nariz sangrante

El escarabajo de  nariz sangrante

Este pequeño coleóptero de unos 2 cm de longitud, perteneciente a la familia de los crisomélidos -Chrysomelidae-, no puede volar y su caminar es lento, por lo que, en principio, es susceptible de ser fácilmente depredado.

Para evitarlo, tiene la capacidad de segregar por la boca y articulaciones una sustancia roja, de aspecto muy similar al de la sangre, que le proporciona el nombre común de escarabajo de la nariz sangrante, ya que parece llevar colgando de su nariz una gota sanguinolenta de un color muy llamativo. Tan sorprendente resulta esta facultad, que desconcierta a sus depredadores y les advierte de la posible toxicidad de ese líquido rojo. Realmente es una sustancia no tóxica, a lo sumo presenta una sabor desagradable que hace que las aves y reptiles se abstengan de atacarlo y comérselo.

PORTADA NATURALEZA SORPRENDENTE DE LA P. IBÉRICA copia 300x478 El escarabajo de nariz sangrante

NATURALEZA SORPRENDENTE DE LA P. IBÉRICA

Se distribuye por toda la península Ibérica y habita en zonas herbosas en las que se le puede descubrir durante la primavera cuando se deja ver en su edad adulta. (Extracto del libro NATURALEZA SORPRENDENTE DE LA PENÍNSULA IBÉRICA. Descubre muchas más curiosidades de la naturaleza ibérica con este libro)

La tragedia del príncipe don Carlos

PORTADA LOS PRISIONEROS DE FELIPE II copia 196x300 La tragedia del príncipe don Carlos

LOS PRISIONEROS DE FELIPE II

Felipe II de España (1527-1598) reinó durante más de cuarenta años, desde 1556 hasta su fallecimiento en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Luces y sombras dan color a aquel período, tal vez uno de los más apasionantes de la Historia de España, y sobre el que más tinta se ha vertido por parte de biógrafos, historiadores y novelistas.

María de Portugal, primera esposa del monarca, dio a luz el 8 de julio de 1545, en Valladolid, un príncipe a quien se puso el nombre de Carlos, en memoria de su abuelo, el emperador Carlos V. A los pocos días de haber dado a luz al heredero de la inmensa monarquía española, la reina falleció.

El príncipe Carlos creció sin su madre, mientras que su padre, ocupado constantemente en hacer las guerras de Inglaterra, Flandes y Alemania, no fue nunca el apoyo que necesitaba. Se crió lejos de él, bajo la dirección de los archiduques Maximiliano y María, y de la princesa doña Juana de Portugal, su tía paterna, regentes y gobernadores de España durante las ausencias de su abuelo y de su padre. Cuando Carlos V, abdicando de sus coronas en Bruselas, vino a España para retirarse en el monasterio de Yuste, a su paso por Valladolid visitó al príncipe Carlos, y según refieren casi todos los testimonios, no quedó satisfecho con la educación y el carácter de su nieto.

Precisamente de su carácter, las crónicas de la época narran aspectos inquietantes, como sus tendencias a la crueldad, que se descubren desde muy niño, cuando se entretenía destrozando con sus propias manos los conejos vivos que le traían de la caza. Quizá algún tipo de desequilibrio estaba presente en la personalidad del príncipe, pero un hecho resultó definitivo. El domingo 19 de abril de 1562, a las doce y medía del día, al bajar el príncipe por una escalera angosta del palacio arzobispal de Alcalá de Henares, se resbaló. Rodó algunos escalones y terminó golpeándose violentamente contra una puerta que se hallaba cerrada. Las heridas que recibió en el rostro y en la cabeza no parecieron necesitar de grandes cuidados, pero se complicaron después, de tal modo que pusieron en grave riesgo su vida. Fue necesario hacerle la operación del trépano, una intervención terrible y delicada, que por lo general producía unas severas consecuencias en el cerebro de quien la recibía.

Entre recaídas y con un carácter convulso y variable, violento muy a menudo hasta con las personas de su máxima confianza, el príncipe forjó la obsesión de querer partir como gobernador a los Países Bajos. Sin embargo, la decisión de Felipe II estaba tomada, lo haría el duque de Alba, al que trató de asesinar don Carlos con un puñal. Pero no quedó ahí la cosa. Intentó recaudar fondos y contar con el apoyo de don Juan de Austria, tramando su fuga a los Países Bajos, pero su padre, el todopoderoso Felipe II se enteró de la trama y ordenó el cautiverio de su hijo. Su salud física y mental se fue deteriorando y el 24 de julio de 1568 falleció, a los 23 años de edad, preso o retenido por su padre. La muerte puso fin a un serio problema para Felipe II. A partir de este momento, los rumores acerca de un posible envenenamiento fueron aprovechados desde los Países Bajos por los enemigos del rey. La leyenda negra del monarca iniciaba su imparable progreso. © ÁNGEL SÁNCHEZ CRESPO, basado en el libro LOS PRISIONEROS DE FELIPE II, de José Muñoz Maldonado

Acoma. Españoles en Nuevo México

328D23F700000578 3509559 image a 34 1458922220578 Acoma. Españoles en Nuevo México

Acoma en la actualidad

ACOMA. ESPAÑOLES EN NUEVO MÉXICO

Algunos de los heroísmos y penalidades más característicos de los exploradores en nuestro dominio, ocurrieron alrededor de la asombrosa roca Acoma, la extraña ciudad empinada de los pueblos queres. Todas las ciudades de los indios pueblos estaban construidas en sitios fortificados por la naturaleza, lo cual era necesario en aquellos tiempos, puesto que estaban rodeadas por hordas, muy superiores en número, de los guerreros más terribles de que nos habla la historia, pera Acoma era la más segura de todas. En medio de un largo valle de cuatro millas de ancho, bordeado por precipicios casi inaccesibles, se levanta una elevada roca que remata en una meseta de setenta acres de superficie, y cuyos lados, que tienen trescientos cincuenta y siete pies ingleses de altura, no sólo son perpendiculares, sino que en algunos puntos se inclinan hacia delante. En su cumbre se alzaba -y se alza todavía- la vertiginosa ciudad de Queres. Las pocas sendas que conducen a la cima, y en las que un paso en falso puede precipitar a la víctima a una muerte horrible, despeñándola desde una altura de centenares de metros, bordean abruptas y peligrosas hendiduras, desde cuya parte superior un hombre resuelto, sin otras armas que piedras, podría casi tener a raya a todo un ejército (…)

(…) Volviendo de su viaje de exploración por aquellas desiertas y mortíferas llanuras, Juan de Zaldívar salió de San Gabriel el 18 de noviembre de 1598, para seguir a su jefe. Sólo tenía treinta hombres. Llegando al pie de la ciudad empinada el día 4 de diciembre, fue muy bien acogido por los acomas, quienes le invitaron a subir y visitar la ciudad. Era Juan tan bueno como valiente soldado, y conocía las estratagemas de guerra de los indios, pero por la primera vez en su vida, y fue la última, se dejó engañar. Dejando la mitad de su fuerza al pie del risco para guardar el campamento y los caballos, subió con dieciséis hombres.

328CEB9C00000578 3509559 image a 66 1458922394068 Acoma. Españoles en Nuevo México

Escarpado terreno en Nuevo México

Había en la ciudad tantas maravillas, era la gente tan cordial, que los visitantes pronto olvidaron toda sospecha que pudieran abrigar, y gradualmente fueron dispersándose aquí y allá para ver las cosas más notables. No esperaban sino esto los habitantes, y cuando el jefe de los guerreros lanzó su grito de guerra, hombres, mujeres y niños cogieron piedras y mazas, arcos y cuchillos de pedernal, y cayeron con furia sobre los dispersos españoles. Fue una horrenda y desigual lucha la que contempló el sol de invierno aquella triste tarde en la ciudad empinada. Aquí y allá, de espalda a la pared de una de aquellas extrañas casas, se veía un soldado de faz lívida, desharrapado, cubierto de sangre, blandiendo su pesado mosquete como si fuese una maza, o dando tajos desesperados con una espada ineficaz contra la tostada y famélica canalla que le rodeaba, mientras llovían piedras sobre su calada visera y por todas partes recibían golpes de clavas y pedernales. No había ningún cobarde en aquella malhadada cuadrilla: vendieron caras sus vidas, delante de cada cual había tendido un montón de cadáveres. Pero uno a uno, aquella ola de rugientes bárbaros ahogaba a cada tremendo y silencioso luchador, y se desviaba para ir a henchir el mortífero aluvión que envolvía a otro. El mismo Zaldívar fue una de las primeras víctimas, y en aquel desigual combate murieron otros dos oficiales, seis soldados y dos sirvientes.

Los cinco que sobrevivieron, Juan Tabaro, que era alguacil mayor y cuatro soldados, pudieron por fin juntarse, y con sobrehumano esfuerzo, luchando y sangrando por varias heridas, se abrieron paso hasta el borde del precipicio. Pero sus salvajes enemigos los perseguían, y sintiéndose demasiado débiles para seguir matando hasta llegar a una de las escaleras del risco, en el paroxismo de su desesperación, los cinco se arrojaron desde aquella tremenda altura. Extracto del libro LOS ESPAÑOLES QUE ENSANCHARON EL MUNDO. Charles F. Lummis. Guadarramistas Editorial.

¿Por qué pican los mosquitos?

IMG 0800 400x266 ¿Por qué pican los mosquitos?

Culiseta sp. © Ángel Sánchez Crespo

¿POR QUÉ PICAN LOS MOSQUITOS?
Entre las diversas especies de mosquitos presentes en la península Ibérica, algunas de los géneros Culex, Culiseta, Aedes, Phlebotomus o Anopheles pican al ser humano.

La mayoría de las especies son nocturnas o crepusculares, pero algunas pican en pleno día. Lo hacen las hembras, porque son ellas las que necesitan la sangre para que los huevos sean viables y ocompletar su ciclo reproductor. Las puestas de huevos están relacionadas siempre con el medio acuático y las charcas más o menos secas, según la especie. La eclosión de los huevos necesita temperaturas altas y estables, motivo por el que los meses calurosos del año son los propicios para recibir sus picaduras.
Al picar, las hembras perforan la piel y suministran, con su saliva, un anticoagulante y un anestésico para no dejarse notar. Precisamente son estas sustancias las que generan la reacción alérgica que produce la inflamación y el picor. Los machos son inofensivos, se alimentan de néctar de flores.

IMG 0789 300x478 ¿Por qué pican los mosquitos?

Naturaleza sorprendente de la Península Ibérica. Guadarramistas Editorial

El mayor peligro de los mosquitos es la transmisión de enfermedades. El paludismo o malaria, la fiebre amarilla, la leishmaniosis que afecta a los perros, y muchas otras fiebres y enfermedades se transmiten por estos animales, que actúan como portador o vector de parásitos y bacterias. Existen más de 3.000 especies de mosquitos en todo el mundo.

Los mosquitos o, mejor dicho, “las mosquitas”, nos pican a todos los seres humanos, sin distinción, aunque el sudor corporal, el olor, la mayor temperatura corporal, o la exhalación de más cantidad de anhídrido carbónico, son circunstancias que atraen a estos insectos.

En cualquier caso, no todos tenemos la misma sensibilidad, hay quienes apenas muestran reacción alérgica, lo cual no significa que no hayan sufrido la picadura, simplemente no se manifiesta la reacción en igual medida. Aún así, las personas con temperatura más elevada y que exhalan mayor cantidad de anhídrido carbónico son más fácilmente detectadas y, por tanto, reciben mayor número de picaduras.

La malaria, una de las enfermedades transmitidas por los mosquitos, causa más de dos millones de muertes al año. La producen parásitos del genero Plasmodium que son inoculados por mosquitos. El mosquito es el vector o portador del parásito, y lo trasmite al aplicar su saliva anticoagulante.

Hasta mediados del s.XX, en España existían las llamadas fiebres tercianas y cuartanas, un tipo de malaria que algunos años llegó a producir más de un millar de víctimas. En 1964 se consideró erradicada en nuestro país. Extracto del libro NATURALEZA SORPRENDENTE DE LA PENÍNSULA IBÉRICA, disponible  en las librerías a partir del 15 de mayo.

Letuario y aguardiente

VELÁZQUEZ   Vieja friendo huevos National Galleries of Scotland 1618. Óleo sobre lienzo 100.5 x 119.5 cm Letuario y aguardiente

Vieja friendo huevos. Diego Velázquez, 1618.

 

LETUARIO Y AGUARDIENTE. EL DESAYUNO DEL SIGLO XVII

“Ande yo caliente y ríase a gente.

Traten otros del gobierno,

del mundo y sus monarquías,

mientras gobiernan mis días

mantequillas y pan tierno,

y en las mañanas de invierno

naranjada y aguardiente

y ríase la gente”.

Estos conocidos versos de Luis de Góngora hacen mención a la primera ingesta matinal que los españoles del siglo XVII realizaban nada más levantarse: naranjada y aguardiente.

En las ciudades y poblaciones más grandes, el español de entonces, como el de ahora, tenía costumbre de desayunar fuera de su casa. Nada más salir a la calle buscaba algún puesto ambulante o confitería con licencia para la venta de estos productos.

La naranjada, no era un zumo de naranja, como su nombre nos puede dar a entender. Se trataba de una confitura elaborada con piel de naranjas amargas, que eran las que se consumían y conocían, impregnadas en miel, a la que se llamaba “letuario” o “lectuario”, por transformación del término electuario, que la Real Academia de la Lengua Española define como:

“Medicamento de consistencia líquida, pastosa o sólida, compuesto de varios ingredientes, casi siempre vegetales, y de cierta cantidad de miel, jarabe o azúcar, que en sus composiciones más sencillas tiene la consideración de golosina”.

Como no podía ser de otro modo, el letuario había de ser bien acompañado con un trago de alcohol, considerado medicinal, que terminaba de entonar el cuerpo para comenzar a afrontar el día. Se tenía al aguardiente como un gran desinfectante, y debía serlo, porque aquellos orujos secos y duros de Cazalla o Alanís, principales poblaciones sevillanas donde se producían, seguramente estaban capacitados para calentar bien el cuerpo las frías mañanas de invierno, y acabar con todo microbio que pululara por el gaznate o las tripas.

IMG 0798 Letuario y aguardiente

Tan importante era el consumo de orujo con el letuario matutino, que a los gobernantes de entonces no se les escapó la posibilidad de aplicar un impuesto a la bebida alcohólica. El fisco, siempre tan pendiente de nuestra salud, justificó el recargo en el precio con la excusa de evitar un consumo excesivo de alcohol y combatir el vicio desagradable de la embriaguez. La renta del aguardiente se asoció al llamado impuesto de millones, aplicable a productos de consumo general, -como actualmente hace el impuesto sobre el valor añadido-, y solamente podía ser vendido en establecimientos con autorización. Por supuesto que entonces, como ahora, no faltaron los que hicieron lo posible por evadir el impuesto y aprovecharse del negocio. Aumentaron los puestos y vendedores clandestinos y, con ellos, los aguardientes a precio inferior pero adulterados o de pésima calidad. Corregidores, regidores, guardas de millones -algo similar a los actuales inspectores de hacienda-, y hasta clérigos fueron descubiertos, sancionados y excomulgados por estas prácticas corruptas, pero; es que el negocio del letuario era muy goloso, no se concebía una mañana en las principales poblaciones españolas sin los puestos de venta de letuario y aguardiente, los primeros en abrir. De hecho, Lope de Vega nos da una versión barroca del dicho actual “¿Dónde vas que aún o han puesto las calles?”, cuando nos cuenta como un amigo le dice a otro muy madrugador:

“¿Dónde vas, que aún no pregonan

aguardiente y letuario?” Lope de Vega. La locura por la honra. (1610-1612),

o en estos otros versos dedicados al despertar de la ciudad de Madrid:

“…comienza a amanecer en el Madrid y en el Oriente:

Sale el carro de la villa

con su auriga pecinosa

a conducir la olorosa

transformación amarilla:

la mula el médico ensilla,

da la purga el boticario,

pregónase el letuario,

huele a tocino el bodego,

canta el gallo, reza el ciego,

sube el fraile al campanario…”. Lope de Vega. Del glorioso San Isidro. Décimas.

Una costumbre la del letuario y el aguardiente que poco a poco se fue perdiendo, al menos por lo que respecta a su parte dulce, la de la confitura, porque el orujo, el anís, la copa de coñac o una mezcla de ambos licores, han seguido formando parte del ritual matutino de muchos trabajadores antes de comenzar la faena. En el barroco español, escuchar el grito ¡Al aguardiente y letuario! pregonado por los vendedores en plazas y calles de las ciudades, era la señal inequívoca de estar vivos un día más. Extracto del libro SI ERES GATO, SALTA DEL PLATO. COMER Y BEBER EN TIEMPOS DE CERVANTES. Ángel Sánchez Crespo e Isabel Pérez García. Guadarramistas Editorial.

Madrid en la Guerra de la Independencia

pdf Madrid en la Guerra de la Independencia

Puerta del Sol en Madrid. 1808. Por Juan Gálvez (1773-1846)

 

MADRID EN LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA

Causa admiración entrando en Madrid a la mañana por la Puerta de Toledo, y la Plaza de la Cebada donde se hace el mercado, el concurso tumultuoso de las gentes del campo y de las provincias, diversamente vestidas, que llegan, marchan, van y vienen. Allá un castellano levanta con dignidad los pliegues de su ancha capa, como un senador romano envuelto en su toga. Aquí un boyero de La Mancha con un largo varal en la mano, está vestido de un coleto de piel de buey, que parece  por lo antiguo de su forma, a las túnicas que tenían los guerreros romanos y los godos. Más lejos se ven hombres cuyos cabellos están envueltos en una redecilla de seda, otros traen una especie de chupa corta oscura guarnecida de azul y encarnado, que trae a la memoria los vestidos de los moros. Los hombres que traen esta vestimenta vienen de Andalucía, y se distinguen por sus ojos vivos y negros, en sus miradas más expresivas y más animadas, y en un lenguaje más rápido.

Mujeres puestas en los ángulos de las calles y en las plazas, preparan alimentos para todo este pueblo forastero que no está en Madrid mas que de paso. Llegan largas hileras de mulas cargadas de pellejos de vino y de aceite, o bien numerosas bandas de asnos conducidos por un solo hombre que les habla sin cesar. Se encuentran también carros tirados por seis u ocho mulas adornadas de campanillas, a las cuales conduce un hombre solo con una destreza admirable sin servirse de riendas, solo a la voz y dando grandes gritos. Un silbido agudo y prolongado basta para detener a todas estas mulas en un instante. Reparando en lo delgado de sus piernas, en su mucha alzada, y en sus cabezas elevadas y fieras, se podría creer que eran tiros de ciervos o de alces.

Las voces de los conductores de los carros y de los muleteros, el sonido de las campanas de las iglesias, que se oye incesantemente, éstos hombres diversamente vestidos, la actividad meridional que manifiestan por sus gestos expresivos, o por gritos en una lengua sonora que nos era desconocida, y sus costumbres tan diferentes de las nuestras, daban a la capital de España una apariencia del todo extraña para hombres que venían del norte, donde para todo se nota el mayor silencio. Nos admirábamos tanto más, cuanto Madrid era la primera gran ciudad que habíamos hallado poblada después que habíamos entrado en España.

A la hora de la siesta, sobre todo en verano, durante el calor del sol, se suspendían todos los ruidos. La villa entera estaba entregada al sueño, y no se oía en las calles más que el eco de los pasos de los caballos de algún piquete de nuestra caballería, que volvían de hacer una ronda, o el tambor de un destacamento de infantería que montaba solitariamente la guardia. Este mismo tambor francés había tocado la marcha y el ataque en Alejandría, en El Cairo, en Roma, y casi en todas las ciudades de Europa desde Kanisberg hasta Madrid. MEMORIAS SOBRE LA GUERRA DE LOS FRANCESES EN ESPAÑA. Albert Jean Michel de Rocca. Guadarramistas Editorial

Un ejemplo de la decadencia política en la España de Carlos II

IMG 0702 Un ejemplo de la decadencia política en la España de Carlos II

UN EJEMPLO DE LA DECADENCIA POLÍTICA EN LA ESPAÑA DE CARLOS II

El cuerpo, no ya consultivo, sino ejecutivo, que ambas cualidades reunía, que mayor autoridad y poder tenía desde Felipe II, era el Consejo de Estado. Carlos V le llamaba “el saber, poder y entender; los ojos, manos y pies del monarca” y, en efecto, sus facultades “abarcaban toda la suprema jurisdicción civil y criminal, como en el mismo príncipe, al cual representa de tal manera, que son una misma cosa y así no se debe hacer ni resolver ninguna que no se consulte con él”.

En teoría, la misión de este consejo supremo era excelsa. De él dependía el nombramiento de los virreyes, gobernadores, capitanes generales y embajadores y la resolución de todos los asuntos de paz y de guerra. A este consejo incumbía averiguar si los nombrados para el desempeño de los altos puestos eran los que convenían y si después de proveídos “hacen sus oficios como deben”. Le correspondía también velar porque los demás consejos cumpliesen con sus obligaciones respectivas “porque atentos a que son arroyos que se derivan del de Estado es justo y conveniente que tenga superioridad y cargo de todos para saber si cada uno hace lo que le toca con la satisfacción universal que conviene”. Por desgracia, así el consejo como los consejeros de Estado en tiempos de Carlos II, no estaban capacitados para el desempeño de tan altas funciones. Nada expresa tan gráficamente como los versos que copiamos a continuación de un pronóstico y lunario de la época, la nulidad política de los individuos de aquel alto cuerpo. Es un diálogo entre Carlos II y sus consejeros de Estado:

“¿Qué es lo que hacéis? En uno discurrimos.
¿Pensáis en algún medio? No le hallamos.
¿Buscáisle en la justicia? No podemos.
¿Esforzáis la milicia? No la vimos.
¿Dónde está el bien común? No lo sentimos.
La honra, ¿dónde está? No la tenemos.
Habladme sin rebozo… No queremos.
Advertirme siquiera… No advertimos.
¿Qué consultáis? Los cuándos y los cómos.
¿Y los motivos? Esos no alcanzamos.
De guerra, ¿qué sentís? Perdidos somos.
¿Socorréis al imperio? No atinamos.
¿Hay alguna esperanza? Ni aun asomos”.

Fragmento del libro ESPAÑA EN TIEMPOS DE CARLOS II. Julián Juderías. Guadarramistas Editorial

ESPAÑA en tiempos DE CARLOS II  190x300 Un ejemplo de la decadencia política en la España de Carlos II

El eclipse de sol de 1905 desde la cumbre del Guadarrama

1Martín Rico Paisaje del Guadarrama 1858 El  eclipse de sol de 1905 desde la cumbre del Guadarrama

Paisaje del Guadarrama. Martín Rico 1858

EL ECLIPSE DE SOL DE 1905 DESDE LA CUMBRE DEL GUADARRAMA. Por Eduardo Caballero de Puga

En agosto de 1905 el Alto del león (Puerto de Guadarrama) es el lugar elegido para observar el primer eclipse de sol del siglo XX. El autor, Eduardo Caballero de Puga, nos narra cómo era el ambiente que rodeó al evento.

“Para observar el actual eclipse, el lugar más apropiado de nuestra Península es el litoral del Mediterráneo, por ser el menos expuesto a los ciclones del Atlántico; pero yo he preferido la cumbre del Guadarrama como la mejor atalaya para ver la llegada de la sombra de la Luna en su veloz carrera de un kilómetro por segundo… …Estudiemos ahora sus efectos… Son aquí los primeros, un desusado movimiento en el pueblo de Guadarrama, por los infinitos viajeros que de todas partes llegan, y que organizados en numerosas caravanas, con 10 grados de temperatura, comienzan desde las primeras horas del día la excursión al Puerto de su nombre, unos en las clásicas carretas, que hacen el camino en tres horas y son hoy exactamente iguales que en los tiempos de Don Quijote; otros, mirando a éstas con olímpico desprecio, en veloces automóviles, que a veces patinan y se quedan en la mitad de la cuesta; algunos en trotones borriquillos; los menos a caballo y los más en coches, no todos tan seguros que no sufran avería en el camino. Pero allá vamos todos, tan curiosos como audaces, porque el NO. (viento norte) es muy duro y el frío aumenta a medida que avanza el día y ganamos en altura. Eso sí, cada cual se abriga como puede, pues no fue fácil prever tan baja temperatura en el mes de Agosto, con lo que resultan trapos muy extraños, y hasta aristocráticas damas que lucen sobre sus elegantes pero débiles abrigos, las mantas de las camas de los hoteles de Guadarrama, no siempre bien tratadas por el tiempo.

PORTADA MIL GUADARRAMAS copia 400x596 El  eclipse de sol de 1905 desde la cumbre del Guadarrama

MIL GUADARRAMAS. LA SIERRA HECHA PALABRA

La excursión es pintoresca; la ascensión hermosa y el panorama espléndido. De pronto, gritos de vaqueros y ruido de cencerros producen general impresión. Todos se detienen y el ganado bravo cruza pausadamente la carretera. La animación renace, y llegamos por fin a la cumbre del Puerto, apeándonos ante el pedestal que sustenta el carcomido león que a 1.570 metros sobre el nivel del mar, mandó erigir en 1749 Fernando VI sobre el promontorio que, permitiendo ver a un tiempo mismo las vertientes Norte y Sur del Guadarrama, se halla en la divisoria de las dos Castillas”.

Al terminar el eclipse, nos dice Caballero de Puga:

“La escena comenzó a cambiar; el viento decreció en intensidad; el Sol fue acrecentando su disco cual ascua de vivísimo fuego que amplía sus proporciones, y el frío, superior a la temperatura termométrica de cinco grados sobre cero, desalojó de los riscos a los excursionistas, que en numerosas bandadas se lanzaron a cobijarse al abrigo de las ensenadas de la vertiente del Sur, cerca de las hogueras en que humeaba el clásico arroz y las suculentas viandas. Todo recobró sucesivamente movimiento y vida. Sobre Siete Picos apareció de nuevo el águila; vino un momento a cernerse encima de mi cabeza y partió veloz en dirección a Castilla la Vieja, como mensajera feliz de que el astro del día había recobrado su imperio sobre la Tierra. Aterido, con el rostro y las manos amoratadas por el frío, yo también abandoné mi observatorio y me dirigí a tomar parte en el festín de los míos. Al pasar cerca de los distintos, animados y pintorescos grupos de comensales, vi que algunos alzaban sus vasos como brindando por el Sol, e impulsado por la general corriente brindé a mi vez, con todos los entusiasmos de mi alma, por la prosperidad y engrandecimiento de esta hermosa joya del mundo que se llama España”. Caballero de Puga, Eduardo. El Eclipse de Sol de 1905. Desde la cumbre de Guadarrama. Madrid. 1905. Extracto del libro MIL GUADARRAMAS. LA SIERRA HECHA PALABRA. Guadarramistas Editorial. Selección de textos por Ángel Sánchez Crespo e Isabel Pérez García.

El cautiverio del cardenal Cisneros

Cisneros4 copia El cautiverio del cardenal Cisneros

El cardenal Cisneros

PORTADA CISNEROS. UN CARDENAL ENTRE DIOS Y EL REY 300x457 El cautiverio del cardenal Cisneros

CISNEROS. UN CARDENAL ENTRE DIOS Y EL REY

EL CAUTIVERIO DEL CARDENAL CISNEROS

No pudo Cisneros prolongar mucho tiempo su estancia en Roma, en donde ejerció su profesión de abogado, pues cuando empezó a ser conocido, tuvo noticia de la muerte de su padre y determinó volver a España para ser el consuelo de su anciana madre y el sostén de su necesitada familia; pero aquella residencia, al paso que sirvió para acalorar su austero misticismo y su piedad fervorosa, levantó los pensamientos de su noble inteligencia.

Una gracia obtuvo al retirarse de Roma, que fue origen para él de hondas amarguras y grandes persecuciones. Le otorgó el papa un breve, en virtud del cual debía dársele posesión del primer beneficio que vacase en la diócesis de Toledo. El uso de estos tiempos, dice Flechier, había introducido esta suerte de provisiones, llamadas bulas o gracias expectativas; pero contra ellas protestaban los obispos porque las suponían, y no sin razón, una mutilación de sus derechos y un ataque a su autoridad. Así es que cuando Cisneros quiso ocupar, apoyado en el breve pontificio, el arciprestazgo de Uceda, vacante en 1473 por muerte del que lo poseía, se encontró con que D. Alonso Carrillo, arzobispo de Toledo, había provisto dicho beneficio en uno de sus limosneros, y al tener noticia este prelado de la resistencia que opuso Cisneros a ser desposeído, resolvió usar con él de gran severidad, mandándole prender y haciéndole encerrar en la torre del mismo Uceda, esperando conseguir por este medio que renunciara a su beneficio. No se dobló Cisneros con la persecución, antes, por el contrario, manifestó aquella entereza de carácter que tanto crédito le había de dar más tarde como ministro y como prelado, puesta al servicio de causas más justas y desinteresadas, por lo cual aumentó la saña de Carrillo, que le hizo trasladar a más dura prisión, a la torre de Santorcaz, que entonces era la cárcel de los clérigos viciosos y rebeldes de la diócesis.

Durante los siete años que sufrió de cautiverio, Cisneros estuvo completamente entregado a la oración y al estudio, logrando su libertad, bien porque el arzobispo se rindiera a tanta firmeza, o se cansara de perseguirle, bien porque cediese a los ruegos de su sobrina la condesa de Buendía. No quiso, sin embargo, Cisneros seguir bajo la jurisdicción de un prelado que tan severo y hasta cruel se le había manifestado, por lo cual permutó su beneficio con la capellanía mayor de la iglesia catedral de Sigüenza, a cuya cabeza estaba entonces el justamente célebre cardenal Mendoza. Extracto del libro CISNEROS. UN CARDENAL ENTRE DIOS Y EL REY. Carlos Navarro y Rodrigo. Guadarramistas Editorial

Follow

Get every new post on this blog delivered to your Inbox.

Join other followers: